Este microrrelto está basado en el instrumetal de ``fireflies´´,una canción de Owl City.
¿Has sentido alguna vez como todas las cadenas se transforman en algo más suave que la seda y comienzan liberarte con ternura, como el roce de las plumas?
En ese momento, todo se vuelve diferente. Cuando caminas por la acera sientes que todo cambia de colores como un camaleón, ves colores que nunca creíste ni que existieran, la acera se vuelve blanda bajo tus pies y los ruidos no molestan, sino que muestran un nuevo ritmo y melodía. Las nubes adquieren formas y el Sol intenta adivinarlas. La gente danza y vuela, olvidándose de los problemas y sonriendo sin temor. Los árboles bailan con el viento y los más ancianos cuentan cuentos a las flores con el susurro del viento juqueteando entre sus ramas. El agua rodea y acompaña a los peces y las aves en un tranquilo paseo de tarde. Las rosas cantan con su aroma y la fuente les aplaude con vítores acuáticos. Los perros juegan con las hadas que solo sus inocentes ojos pueden ver, causando sonrisas risueñas. Las mariposas coquetean con las miradas y sus dibujos, convirtiéndose en las actrices de la naturaleza.
Comienza todo a volver a la normalidad cuando me doy cuenta de que la canción se acaba. Tengo que dejar de escuchar música al salir de casa.
viernes, 14 de enero de 2011
sábado, 8 de enero de 2011
El mundo encantado de Ela de Gail Carson Levine: Capítulo 11
Exceptuando a Areida, no tenía ninguna otra amiga en la escuela de señoritas. Sólo el grupo de Hattie fin¬gía mostrarse amable, pero enseguida se dirigían a mí con el mismo tono de superioridad que ella. Y es que Hattie solía tratarme muy mal cuando había gente de¬lante. El suyo era un grupo odioso, formado por ella y por dos chicas a las que llamaba sus íntimas: Blossom y Delicia. La primera era la sobrina y única heredera de un conde soltero. Sólo sabía hablar de la constante preo¬cupación que sentía de que un día el conde se casara y tuviera un hijo que la reemplazara como heredera. Delicia, que era hija de un duque, casi nunca hablaba, y cuando lo hacía era para quejarse: que en la habitación había mucha corriente de aire, que la comida era ma¬la, que la criada no la trataba como merecía su posi¬ción social, que una de las chicas llevaba los labios pin¬tados...
Las profesoras también me desagradaban. Al principio, cuando cumplía sus órdenes y me salían bien las cosas me mimaban, lo cual no me gustaba nada. Des¬pués, cuando lo hacía todo a la perfección, dejé de ser la favorita. Hablaba lo mínimo, y las miraba a los ojos só¬lo cuando no tenía más remedio. De modo que volví a mi antiguo juego.
-Canta más bajo, Ela. Podrían oírte desde Ayorta.
Entonces bajaba tanto la voz que resultaba casi inau¬dible.
-No tan bajo. Queremos oír tu dulce voz.
Entonces volvía a cantar alto, aunque no tanto como al principio. La profesora de música tuvo que perder un cuarto de hora hasta conseguir que cantara al volumen adecuado.
-Levanten los pies, señoritas. Éste es un baile alegre.
Yo entonces subía las piernas hasta la cintura.
Y así siempre. Era un juego agotador, pero o jugaba a él o me sentía como una marioneta.
Hattie no le había contado a nadie lo de mi obedien¬cia. Cuando tenía una orden para mí me citaba en el jar¬dín después de la cena, para que nadie nos pudiera oír. La primera vez me ordenó que le preparara un ramo de flores. Por suerte, no sabía que yo era la ahijada de un hada, así que escogí las flores más fragantes y después busqué por el jardín alguna hierba que me resultara útil. La flor de Effel era una de mis favoritas. Si daba con ella a Hattie le saldría un sarpullido que le duraría una sema¬na. No encontré ninguna porque casi todo eran hierbajos, pero cuando ya me iba vi una ramita de hierba de pantano. La coloqué junto a una rosa, con mucho cuida¬do, para no aspirar su aroma.
A Hattie le encantaron las flores, y al verlas hundió la cabeza en el ramo.
-Son sublimes, pero...
A medida que el perfume de la hierba de pantano ha¬cía su efecto, la sonrisa de Hattie se fue desvaneciendo y su expresión se volvió como ausente.
-¿Dejarás de darme órdenes? -le pregunté.
Ella respondió con un susurro:
-Sólo si dejas de obedecerlas.
Había perdido una oportunidad con aquella pregun¬ta, y no tenía ni idea de cuánto tiempo duraría el efecto de la hierba de pantano. Pero mientras durase podría preguntarle cualquier cosa a Hattie, y ella siempre diría la verdad.
-¿Qué más puede hacer que dejes de incordiarme? -pregunté rápidamente.
-Nada -respondió pensativa-. La muerte.
-¿Qué órdenes tienes preparadas?
-Las pienso sobre la marcha.
-¿Por qué me odias?
-Porque no me admiras.
-¿Tú me admiras a mí?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque eres guapa y valiente.
¡Me envidiaba! Yo no salía de mi asombro.
-¿Qué te da miedo?
-Los ogros, los bandidos, ahogarme, ponerme en¬ferma, escalar montañas, los ratones, los perros, los ga¬tos, los pájaros, los caballos, las arañas, los gusanos, los túneles...
La corté, parecía que tenía miedo de casi todo.
-¿Cuál es tu mayor deseo?
-Ser reina.
«Serías la reina de los conejos -pensé-. Y yo la úni¬ca que te obedecería.»
Su rostro fue cambiando poco a poco hasta volver a tener aquella expresión maliciosa que la caracterizaba. Intenté que respondiera una nueva pregunta.
-¿Qué secretos escondes?
No contestó, sino que se limitó a agarrar un mechón de mi pelo. Sus ojos se abrieron de golpe.
-¿Qué estoy haciendo aquí? -dijo mirando las flo¬res, pero sin volver a olerías-. ¡ Ah, sí! Ya me acuerdo. ¡Que doncella tan buena la que me ha traído este her¬moso ramo! -Después frunció el ceño-. Pero este per¬fume no es agradable, llévatelo.
Retiré la hierba de pantano, la tiré al suelo y la piso¬teé. Si lo hubiera pensado bien le habría preguntado de qué modo podía derrotarla.
Hattie solía ordenarme que hiciera para ella tareas rutinarias. Yo pensaba que carecía de la imaginación su¬ficiente para idear cosas que no fuesen cepillarle la ropa, limpiarle las botas, darle masajes en el cuello cuando le dolía, etc. Algunas veces me obligó a ir a escondidas has¬ta la despensa, a buscar galletas para ella. Y una vez tuve incluso que cortarle las uñas de los pies.
-¿Te frotas los pies con agua y sal? -pregunté tra¬tando de no ahogarme con aquel olor.
Yo me vengaba siempre que podía. Buscaba arañas y ratones en la bodega de Madame Edith y los ponía en la cama de Hattie. Por la noche permanecía despierta, es¬perando aquel chillido que tanto me satisfacía.
Y así fueron pasando los días. Hattie me mandaba hacer cosas y yo me vengaba como podía, aunque ella siempre tenía las de ganar.
Areida era mi único consuelo. Comíamos y cosíamos juntas, y formábamos pareja en la clase de baile. Yo le con¬taba cosas de Frell, le hablaba de Mandy y de Char. Ella me contaba cosas de sus padres, que tenían una posada. No eran muy ricos, y aquélla era una de las razones por las que las demás la menospreciaban. Cuando dejara la es¬cuela usaría sus conocimientos para ayudar a su familia.
Yo nunca había conocido a una persona tan amable y atenta. Cuando Julia, la chica alta, comía demasiada uva y le sentaba mal, Areida la cuidaba durante toda la noche, mientras que sus amigas dormían profundamen¬te. Yo la ayudaba, pero sobre todo lo hacía por Areida, pues mi carácter era más rencoroso.
Una tarde, en el jardín, empecé a hablarle a Areida acerca de mamá.
-Antes de que muriera solíamos trepar a árboles pa¬recidos a éste -le explicaba apoyando mi mano en la ra¬ma baja de un roble-. Subíamos y permanecíamos lo más quietas posible. Entonces lanzábamos ramitas y be¬llotas a los que pasaban por debajo.
-¿Qué le pasó a tu madre? -preguntó Areida-. Aunque si no quieres no hace falta que me lo cuentes.
A mí no me importó contárselo. Cuando terminé Areida cantó una canción de duelo de Ayorta.
Difícil adiós,
sin ninguna esperanza de volver.
Triste adiós,
cuando el amor se ha ido.
Largo adiós,
hasta que la muerte muera.
Pero el ser perdido sigue contigo.
Su ternura te da fuerzas,
su alegría te anima,
su honor te purifica.
Más que un recuerdo,
el ser perdido se encuentra de nuevo.
La voz de Areida era dulce como el almíbar y preciosa como el oro de los gnomos. Derramé muchas lágrimas, que fluyeron desde mis ojos como si fueran agua de lluvia.
-Tienes una voz muy bonita -le dije cuando pude volver a hablar.
-Nosotros, los de Ayorta, somos buenos cantantes, pero la profesora de música dice que mi voz es demasia¬do fuerte.
-Pues la suya es fina como un hilo. La tuya es perfecta.
Sonó la campana que nos avisaba de que debíamos ir a dormir.
-¿Tengo la nariz roja de tanto llorar? -le pregunté.
-Un poco.
-No quiero que Ha..., que nadie me vea así. Me quedaré aquí un rato más.
-La profesora de buenos modales se enfadará.
Me encogí de hombros.
-Bueno, sólo dirá que mi actitud avergonzaría al rey.
-Me quedaré contigo y te avisaré cuando tu nariz deje de estar colorada.
-Ten cuidado de no quedarte bizca -dije, e hice una mueca con los ojos.
Areida se rió.
-No lo haré.
-La profesora de modales nos preguntará qué hace¬mos aquí -comenté riendo.
-Le responderé que estaba mirando tu nariz.
-Y yo le diré que la estoy arrugando.
-Se preguntará qué diría el rey de nuestro compor¬tamiento.
-Le diremos que la reina mira al rey cada noche mientras él arruga siete veces la nariz.
Volvió a sonar la campana.
-Tu nariz ya no está colorada -dijo Areida.
Corrimos hacia la casa y encontramos a la profesora de buenos modales en la puerta, que ya se disponía a ir a buscarnos.
-¡Jovencitas! Vayan a su habitación. ¿Qué diría el rey si las viese?
En el vestíbulo, todavía riendo, nos encontramos a Hattie.
-¿Qué, pasándolo bien?
-Sí -respondí.
-Bueno, no te molestaré ahora, Ela, pero mañana nos encontraremos en el jardín.
-No debes juntarte con gente que no sea de tu po¬sición, como por ejemplo esa chica de Ayorta -dijo en nuestra cita.
-Areida tiene mucha más categoría que tú. Y ade¬más, yo elijo a mis amigos.
-¡ Ay, querida! Odio causarte pesar, pero tienes que romper tu amistad con Areida.
Las profesoras también me desagradaban. Al principio, cuando cumplía sus órdenes y me salían bien las cosas me mimaban, lo cual no me gustaba nada. Des¬pués, cuando lo hacía todo a la perfección, dejé de ser la favorita. Hablaba lo mínimo, y las miraba a los ojos só¬lo cuando no tenía más remedio. De modo que volví a mi antiguo juego.
-Canta más bajo, Ela. Podrían oírte desde Ayorta.
Entonces bajaba tanto la voz que resultaba casi inau¬dible.
-No tan bajo. Queremos oír tu dulce voz.
Entonces volvía a cantar alto, aunque no tanto como al principio. La profesora de música tuvo que perder un cuarto de hora hasta conseguir que cantara al volumen adecuado.
-Levanten los pies, señoritas. Éste es un baile alegre.
Yo entonces subía las piernas hasta la cintura.
Y así siempre. Era un juego agotador, pero o jugaba a él o me sentía como una marioneta.
Hattie no le había contado a nadie lo de mi obedien¬cia. Cuando tenía una orden para mí me citaba en el jar¬dín después de la cena, para que nadie nos pudiera oír. La primera vez me ordenó que le preparara un ramo de flores. Por suerte, no sabía que yo era la ahijada de un hada, así que escogí las flores más fragantes y después busqué por el jardín alguna hierba que me resultara útil. La flor de Effel era una de mis favoritas. Si daba con ella a Hattie le saldría un sarpullido que le duraría una sema¬na. No encontré ninguna porque casi todo eran hierbajos, pero cuando ya me iba vi una ramita de hierba de pantano. La coloqué junto a una rosa, con mucho cuida¬do, para no aspirar su aroma.
A Hattie le encantaron las flores, y al verlas hundió la cabeza en el ramo.
-Son sublimes, pero...
A medida que el perfume de la hierba de pantano ha¬cía su efecto, la sonrisa de Hattie se fue desvaneciendo y su expresión se volvió como ausente.
-¿Dejarás de darme órdenes? -le pregunté.
Ella respondió con un susurro:
-Sólo si dejas de obedecerlas.
Había perdido una oportunidad con aquella pregun¬ta, y no tenía ni idea de cuánto tiempo duraría el efecto de la hierba de pantano. Pero mientras durase podría preguntarle cualquier cosa a Hattie, y ella siempre diría la verdad.
-¿Qué más puede hacer que dejes de incordiarme? -pregunté rápidamente.
-Nada -respondió pensativa-. La muerte.
-¿Qué órdenes tienes preparadas?
-Las pienso sobre la marcha.
-¿Por qué me odias?
-Porque no me admiras.
-¿Tú me admiras a mí?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque eres guapa y valiente.
¡Me envidiaba! Yo no salía de mi asombro.
-¿Qué te da miedo?
-Los ogros, los bandidos, ahogarme, ponerme en¬ferma, escalar montañas, los ratones, los perros, los ga¬tos, los pájaros, los caballos, las arañas, los gusanos, los túneles...
La corté, parecía que tenía miedo de casi todo.
-¿Cuál es tu mayor deseo?
-Ser reina.
«Serías la reina de los conejos -pensé-. Y yo la úni¬ca que te obedecería.»
Su rostro fue cambiando poco a poco hasta volver a tener aquella expresión maliciosa que la caracterizaba. Intenté que respondiera una nueva pregunta.
-¿Qué secretos escondes?
No contestó, sino que se limitó a agarrar un mechón de mi pelo. Sus ojos se abrieron de golpe.
-¿Qué estoy haciendo aquí? -dijo mirando las flo¬res, pero sin volver a olerías-. ¡ Ah, sí! Ya me acuerdo. ¡Que doncella tan buena la que me ha traído este her¬moso ramo! -Después frunció el ceño-. Pero este per¬fume no es agradable, llévatelo.
Retiré la hierba de pantano, la tiré al suelo y la piso¬teé. Si lo hubiera pensado bien le habría preguntado de qué modo podía derrotarla.
Hattie solía ordenarme que hiciera para ella tareas rutinarias. Yo pensaba que carecía de la imaginación su¬ficiente para idear cosas que no fuesen cepillarle la ropa, limpiarle las botas, darle masajes en el cuello cuando le dolía, etc. Algunas veces me obligó a ir a escondidas has¬ta la despensa, a buscar galletas para ella. Y una vez tuve incluso que cortarle las uñas de los pies.
-¿Te frotas los pies con agua y sal? -pregunté tra¬tando de no ahogarme con aquel olor.
Yo me vengaba siempre que podía. Buscaba arañas y ratones en la bodega de Madame Edith y los ponía en la cama de Hattie. Por la noche permanecía despierta, es¬perando aquel chillido que tanto me satisfacía.
Y así fueron pasando los días. Hattie me mandaba hacer cosas y yo me vengaba como podía, aunque ella siempre tenía las de ganar.
Areida era mi único consuelo. Comíamos y cosíamos juntas, y formábamos pareja en la clase de baile. Yo le con¬taba cosas de Frell, le hablaba de Mandy y de Char. Ella me contaba cosas de sus padres, que tenían una posada. No eran muy ricos, y aquélla era una de las razones por las que las demás la menospreciaban. Cuando dejara la es¬cuela usaría sus conocimientos para ayudar a su familia.
Yo nunca había conocido a una persona tan amable y atenta. Cuando Julia, la chica alta, comía demasiada uva y le sentaba mal, Areida la cuidaba durante toda la noche, mientras que sus amigas dormían profundamen¬te. Yo la ayudaba, pero sobre todo lo hacía por Areida, pues mi carácter era más rencoroso.
Una tarde, en el jardín, empecé a hablarle a Areida acerca de mamá.
-Antes de que muriera solíamos trepar a árboles pa¬recidos a éste -le explicaba apoyando mi mano en la ra¬ma baja de un roble-. Subíamos y permanecíamos lo más quietas posible. Entonces lanzábamos ramitas y be¬llotas a los que pasaban por debajo.
-¿Qué le pasó a tu madre? -preguntó Areida-. Aunque si no quieres no hace falta que me lo cuentes.
A mí no me importó contárselo. Cuando terminé Areida cantó una canción de duelo de Ayorta.
Difícil adiós,
sin ninguna esperanza de volver.
Triste adiós,
cuando el amor se ha ido.
Largo adiós,
hasta que la muerte muera.
Pero el ser perdido sigue contigo.
Su ternura te da fuerzas,
su alegría te anima,
su honor te purifica.
Más que un recuerdo,
el ser perdido se encuentra de nuevo.
La voz de Areida era dulce como el almíbar y preciosa como el oro de los gnomos. Derramé muchas lágrimas, que fluyeron desde mis ojos como si fueran agua de lluvia.
-Tienes una voz muy bonita -le dije cuando pude volver a hablar.
-Nosotros, los de Ayorta, somos buenos cantantes, pero la profesora de música dice que mi voz es demasia¬do fuerte.
-Pues la suya es fina como un hilo. La tuya es perfecta.
Sonó la campana que nos avisaba de que debíamos ir a dormir.
-¿Tengo la nariz roja de tanto llorar? -le pregunté.
-Un poco.
-No quiero que Ha..., que nadie me vea así. Me quedaré aquí un rato más.
-La profesora de buenos modales se enfadará.
Me encogí de hombros.
-Bueno, sólo dirá que mi actitud avergonzaría al rey.
-Me quedaré contigo y te avisaré cuando tu nariz deje de estar colorada.
-Ten cuidado de no quedarte bizca -dije, e hice una mueca con los ojos.
Areida se rió.
-No lo haré.
-La profesora de modales nos preguntará qué hace¬mos aquí -comenté riendo.
-Le responderé que estaba mirando tu nariz.
-Y yo le diré que la estoy arrugando.
-Se preguntará qué diría el rey de nuestro compor¬tamiento.
-Le diremos que la reina mira al rey cada noche mientras él arruga siete veces la nariz.
Volvió a sonar la campana.
-Tu nariz ya no está colorada -dijo Areida.
Corrimos hacia la casa y encontramos a la profesora de buenos modales en la puerta, que ya se disponía a ir a buscarnos.
-¡Jovencitas! Vayan a su habitación. ¿Qué diría el rey si las viese?
En el vestíbulo, todavía riendo, nos encontramos a Hattie.
-¿Qué, pasándolo bien?
-Sí -respondí.
-Bueno, no te molestaré ahora, Ela, pero mañana nos encontraremos en el jardín.
-No debes juntarte con gente que no sea de tu po¬sición, como por ejemplo esa chica de Ayorta -dijo en nuestra cita.
-Areida tiene mucha más categoría que tú. Y ade¬más, yo elijo a mis amigos.
-¡ Ay, querida! Odio causarte pesar, pero tienes que romper tu amistad con Areida.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Castillo de cristal
Las paredes comienzan a caer mientras las mariposas ascienden al cielo, la Luna se acerca inminente y las estrellas centellean. Acuden a su llamada. Su cuento de hadas comienza.
La niña abandonó a sus muñecas, que la observaban espantadas, mientras se alejaba de la realidad, con su cabeza llena de aire en vez de tener los pies plantados en el suelo, se escapaba a su castillo de cristal, en busca de su príncipe azul. Caminó encantada con su alrededor y su dulce aroma hasta que llegó, con su príncipe cabalgando en su corcel blanco. Ella esperando una cálida bienvenida y felicidad, fue encerrada en una cárcel de hielo, convirtiéndose su príncipe en su guardián de metal, ante su mirada horrorizada. El cristal se ennegreció y la brillante luz del sol desapareció por las negras nubes. La niña solo se vio capaz de llorar lágrimas ácidas, enrojeciendo su piel y arañando el suelo.
Las alas de la inocencia han caído, la niña a dejado de ser una niña, las lágrimas ya no corren por sus mejillas, se han secado, como una muñeca de trapo, su corazón solo late por la esperanza de volver a una realidad olvidada en su memoria. La muerte la acecha, con ansias de clavar sus garras en su cuello y ahogarla con su sangre envenenada por el dolor.
La chica se levanta y rompe los barrotes que hasta entonces le parecían irrompibles, escapando del guardián que se vuelve cada vez más horroroso. Pasa por cada camino que ya había atravesado de su mundo de fantasía. La vegetación trata de arrastrarla de vuelta, tanto viva como muerta, pero ella se resiste a caer de nuevo. Sus envejecidas muñecas le dan la bienvenida de lejos, en la realidad, alargando sus manos de porcelana.
Arañada y lastimada regresa a la realidad, la Luna vuelve a su posición normal, las mariposas revolotean sobre las flores y ella... vuelve a ser una niña.
La niña abandonó a sus muñecas, que la observaban espantadas, mientras se alejaba de la realidad, con su cabeza llena de aire en vez de tener los pies plantados en el suelo, se escapaba a su castillo de cristal, en busca de su príncipe azul. Caminó encantada con su alrededor y su dulce aroma hasta que llegó, con su príncipe cabalgando en su corcel blanco. Ella esperando una cálida bienvenida y felicidad, fue encerrada en una cárcel de hielo, convirtiéndose su príncipe en su guardián de metal, ante su mirada horrorizada. El cristal se ennegreció y la brillante luz del sol desapareció por las negras nubes. La niña solo se vio capaz de llorar lágrimas ácidas, enrojeciendo su piel y arañando el suelo.
Las alas de la inocencia han caído, la niña a dejado de ser una niña, las lágrimas ya no corren por sus mejillas, se han secado, como una muñeca de trapo, su corazón solo late por la esperanza de volver a una realidad olvidada en su memoria. La muerte la acecha, con ansias de clavar sus garras en su cuello y ahogarla con su sangre envenenada por el dolor.
La chica se levanta y rompe los barrotes que hasta entonces le parecían irrompibles, escapando del guardián que se vuelve cada vez más horroroso. Pasa por cada camino que ya había atravesado de su mundo de fantasía. La vegetación trata de arrastrarla de vuelta, tanto viva como muerta, pero ella se resiste a caer de nuevo. Sus envejecidas muñecas le dan la bienvenida de lejos, en la realidad, alargando sus manos de porcelana.
Arañada y lastimada regresa a la realidad, la Luna vuelve a su posición normal, las mariposas revolotean sobre las flores y ella... vuelve a ser una niña.
viernes, 10 de diciembre de 2010
El mundo encantado de Ela de Gail Carson Levine: Capítulo 10
Una doncella me condujo hasta un pasillo lleno de puertas pintadas en diferentes tonos pastel. Una placa en cada puerta indicaba el nombre de la habitación. Pasa¬mos junto a la del «tilo», la de la «margarita» y la del «ópalo». Nos detuvimos ante la puerta donde se leía «lavanda» y la chica abrió la puerta.
Por un momento olvidé que estaba hambrienta. Me invadió una nube de luz violeta, que iba desde los tonos rosados hasta otros más próximos al azul pálido. No ha¬bía ningún otro color en la habitación. Las cortinas eran como serpentinas ondulantes, movidas por el aire que levantó la puerta al cerrarse. Bajo mis pies descansaba una alfombra de nudos que representaba una enorme violeta. Las cinco camas estaban cubiertas por colchas de seda, y los cinco escritorios estaban pintados a rayas si¬nuosas de color lila claro y oscuro.
Tenía tanta hambre, y me sentía tan desamparada, que me hubiera echado sobre la cama para llorar, pero aquéllas no eran camas muy adecuadas para ello. Había una silla de color violeta junto a una de las ventanas, así que me dejé caer en ella.
Si no moría de inanición, antes tendría que pasar allí bastante tiempo, con aquellas odiosas profesoras y con Hattie dándome órdenes todo el día. Contemplé el jar¬dín de Madame Edith hasta que el cansancio y el hambre me vencieron y me dormí en la silla.
-¡Eh, Ela! Come esto.
Un susurro me despertó de mi sueño de faisanes asa¬dos rellenos de castañas. Alguien me sacudía el hombro.
-¡Despierta, Ela, despierta!
Como era una orden abrí los ojos de inmediato, y vi que Areida me ponía un panecillo en las manos.
-Es todo lo que he podido conseguir. Anda, cóme¬telo antes de que vengan las otras.
Me comí aquel suave y blanco panecillo en dos boca¬dos y me supo a poco, pero ya era más de lo que había tomado durante aquellos días.
-Gracias, Areida. ¿Duermes aquí? -pregunté.
Ella negó con la cabeza.
-¿Dónde?
Entonces la puerta se abrió y entraron tres chicas.
-¡Mirad! Dios las cría y ellas se juntan.
La que hablaba era la alumna más alta de la escuela. Pronunciaba las consonantes imitando el acento de Areida.
-Ecete iffibensi asura edanse evtame oyjento? («¿Es así como se comporta la gente en una escuela de señori¬tas?») -pregunté a Areida.
-Otemso iffibensi asura ippiri («A veces es mucho peor»).
-¿Tú también eres de Ayorta? -me preguntó la chica alta.
-No, pero Areida me está enseñando su bello idio¬ma. En él tú serías una ibwi unju -es decir una «chica alta».
No conocía ningún insulto en ayortano. Sin embar¬go, Areida se rió muchísimo con mi ocurrencia, dando así la impresión de que ése era el peor de los apodos. Yo también me reí y Areida cayó sobre mí y entre ambas hi¬cimos temblar la silla violeta.
Madame Edith, la directora, entró a toda prisa en la habitación y dijo:
-Jovencitas, ¿qué es lo que estoy viendo?
Areida se levantó pero yo permanecí sentada. No podía dejar de reír.
-Mis sillas no están hechas para eso. Además, seño¬ritas, nunca se deben sentar dos personas en una silla. ¿Me has oído, Ela? ¡Basta ya de risas tontas!
Dejé de reír de golpe.
-Eso está mejor. Como hoy es tu primer día aquí pasaré por alto tu comportamiento, pero confío en que mañana mejore. -Madame Edith se volvió hacia las otras y gritó-: ¡Venga, poneos el camisón, jovencitas! Los brazos de Morfeo os esperan.
Areida y yo intercambiamos una mirada. Era fantás¬tico tener una amiga.
Todas cayeron en los brazos de Morfeo, como decía Madame Edith, pero yo no tenía sueño. Me habían da¬do un camisón cubierto de volantes y lazos, que era tan incómodo que no me dejaba descansar. Bajé de la cama y abrí mi maletín. Si no podía dormir, al menos podría leer, ya que Madame Edith dejaba una luz encendida por si alguien tenía miedo de la oscuridad.
Mi libro se abrió por una carta de Mandy.
Querida Ela:
Esta mañana he preparado unos bollos. Bertha, Nathan y yo nos los comeremos antes de ir a dormir. Hice dos más para ti. Los dividiremos y nos los co¬meremos a tu salud. Me prometí a mí misma que no te preocuparía diciéndote lo mucho que te echo de menos, pero fíjate en cómo empiezo esta carta.
El hombre de los loros, Simón, vino el otro día a traerte uno de sus pájaros. Uno que habla en gnómi¬co y en élfico. Dijo que no era lo bastante bueno pa¬ra la colección, pero que a ti te gustaría. También me explicó cómo alimentarlo. ¡Nunca hubiera pensado que cocinaría para un loro!
Me gustaría que se callara de vez en cuando, y me pregunto si tengo alguna receta de loro asado. Pero no te preocupes, cariño, nunca se me ocurriría asar tu regalo.
Ayer tuviste un visitante de honor, que te trajo un regalo mucho mejor que el del pájaro. Era el mismísi¬mo príncipe, que vino a verte y a obsequiarte con un potrillo de centauro. Cuando le dije que no estabas quiso saber adonde habías ido y cuándo volverías. Cuando le dije que estabas en una escuela para seño¬ritas se indignó muchísimo. Se preguntaba para qué necesitabas ir a una escuela así si no había nada en ti que necesitara mejorarse. No pude responderle, ya que yo también le preguntaría eso mismo a tu padre. Le dije que no teníamos ningún sitio para alojar al centauro. Es una pequeña belleza, pero ¿que haría yo con él? Tu príncipe me dijo que el nombre del potri¬llo era Manzana. Me dije que tenía que comportarme con cortesía, y antes de que se lo llevara le di de co¬mer una manzana al centaurito.
Hablando de irse, tu padre se fue el mismo día que tú. Dijo que se iba a ver a los verdecillos, que es el nombre despectivo que utiliza para referirse a los elfos. También dijo que tardaría en volver.
Me gustaría que estuvieses pronto de regreso. Bertha y Nathan te envían un abrazo, y yo también. ¡Salud!
Tu vieja cocinera, MANDY
P.D. No olvides tomarte tu tónico.
Cerré el libro y susurré sobre su lomo:
-No borres la carta, por favor.
Luego me tomé el tónico.
¡Un potrillo de centauro! Una pequeña belleza. Oja¬lá pudiera verlo, acariciarlo, y que él también me qui¬siera. Las lágrimas que había contenido durante toda la tarde fluyeron entonces. Mandy estaría furiosa si su¬piera que no había comido nada en tres días, y mucho más si supiera que estaba bajo las garras de un monstruo como Hattie.
A la mañana siguiente, la profesora de música nos en¬señó una canción y me hizo cantar sola para ver si desa¬finaba.
-Ela no se da cuenta de que hay más de una nota -dijo dirigiéndose a las otras-. Ven aquí, pequeña. Canta esto.
Entonces tocó una nota en el clavicémbalo.
Yo era incapaz de hacerlo, nunca había conseguido cantar una melodía. ¿Qué pasaría si no podía obedecer?
Al fin no di la nota correcta y la profesora de música frunció el ceño.
-Más agudo, o te enviaremos a una escuela de chi¬cos para que cantes con ellos -comentó mientras volvía a tocar la misma nota.
Mi siguiente intento fue demasiado agudo. Una de las chicas se tapó los oídos, y yo deseé que le dolieran de verdad. La profesora tocó otra vez.
Las sienes me palpitaban, pero canté.
-Un poco más bajo.
Entonces di la nota exacta. La profesora tocó otra. También la entoné. Tocó una escala y la repetí correcta¬mente. Sonreí llena de alegría, siempre había deseado cantar bien. A continuación volví a hacer una escala, en un tono aún más bajo. ¡Perfecto!
-Está bien, jovencita. Canta sólo cuando yo te lo diga.
Una hora más tarde la profesora de danza me dijo que diera los pasos más suaves. Mi compañera de baile era Julia, la chica alta que se había metido con Areida la noche anterior. Apreté sus brazos con fuerza, para que soportaran mi peso y así poder pisar más suave.
-Para ya -dijo apartándose de mí.
Caí al suelo y oí unas risitas sofocadas.
La profesora de danza ocupó el lugar de Julia, así que ya no podía apoyarme en ella. Intenté pensar que mis pies eran globos, y que el suelo iba a romperse si no lo pisaba con delicadeza. Nos deslizábamos, saltábamos hacia delante y hacia atrás. Yo no bailaba con mucha gra¬cia, pero por lo menos no pisoteaba el suelo. Al acabar tenía el vestido empapado en sudor.
-Eso ha estado mejor -comentó la profesora.
A la hora de la comida, la profesora de buenos moda¬les me dijo:
-No golpees con los nudillos en la mesa, el rey se avergonzaría de ti. -Aludía frecuentemente al rey Jerrold.
Desde entonces las mesas estuvieron a salvo.
-Da pequeñas puntadas, Estela, y no tires tanto del hilo. No es una rienda, ni tú eres un cochero -me alec¬cionaba la profesora de costura. Una vez me pinché con la aguja, y desde entonces mis puntadas fueron más pe¬queñas.
Todos los días pasaba lo mismo; temía las nuevas ór¬denes. El hechizo no me dejaba amoldarme fácilmente a la nueva situación. Tenía que concentrarme a cada se¬gundo. En mi mente iba repitiendo las órdenes en una retahila sin fin. Cuando me despertaba, me ordenaba a mí misma no saltar de la cama y dejar el camisón para que lo recogieran las sirvientas. A la hora del desayuno no debía soplar sobre mis cereales, no esparcirlos sobre la mesa. Durante el paseo de la tarde, ni saltar ni brincar.
Una vez, a la hora de la cena, hablé demasiado alto:
-No sorbas -me ordené.
Pensé que lo había dicho en voz baja, pero una chica que se sentaba cerca me oyó y se lo contó a las demás.
Las únicas materias que me gustaban eran las que daba la profesora de escritura: redacción y cálculo. Aquella profesora también enseñaba caligrafía, que me resultaba más difícil porque ella no solía darnos órde¬nes. Y también enseñaba ayortano, pero no otros idio¬mas. Cuando le expliqué que sabía un poco de lenguas exóticas y que quería aprender más, me dio un diccionario. Se convirtió en mi segundo libro favorito. Después del de Mandy, claro.
Cuando tenía un rato libre aprovechaba para practi¬car lenguas, especialmente el ógrico. Aunque los significados de las palabras eran horribles me atraía pronun¬ciarlas. Eran suaves, lisas, escurridizas y siseantes, como el lenguaje de las serpientes: psySSahbuSS (que signifi¬caba «delicioso»), SSyng («comer»), hijyNN («cena»), eFFuth («sabor»), o FFnOO («agrio»).
Mis progresos en todas las materias tenían asombra¬das a las profesoras. Durante mi primer mes allí hice po¬cas cosas bien, pero durante el segundo no hice ni una mal. Aprendí gradualmente, de forma natural... Pasos li¬geros, pequeñas puntadas; voz suave; espalda recta; pro¬fundas reverencias, sin crujido de rodillas; nada de bos¬tezos; ni volcarme la sopa encima, y no sorber...
Una vez en la cama, antes de dormirme, imaginaba qué pasaría si estuviera libre del hechizo de Lucinda. A la hora de cenar, posiblemente, me embadurnaría la cara con salsa y lanzaría los pasteles de carne a la profe¬sora de buenos modales, y apilaría la porcelana más delicada sobre mi cabeza, y andaría tambaleándome y co-toneándome hasta romperla toda en pedazos. Entonces los recogería y los aplastaría, junto con los pasteles de carne, sobre mi bordado inmaculado.
Por un momento olvidé que estaba hambrienta. Me invadió una nube de luz violeta, que iba desde los tonos rosados hasta otros más próximos al azul pálido. No ha¬bía ningún otro color en la habitación. Las cortinas eran como serpentinas ondulantes, movidas por el aire que levantó la puerta al cerrarse. Bajo mis pies descansaba una alfombra de nudos que representaba una enorme violeta. Las cinco camas estaban cubiertas por colchas de seda, y los cinco escritorios estaban pintados a rayas si¬nuosas de color lila claro y oscuro.
Tenía tanta hambre, y me sentía tan desamparada, que me hubiera echado sobre la cama para llorar, pero aquéllas no eran camas muy adecuadas para ello. Había una silla de color violeta junto a una de las ventanas, así que me dejé caer en ella.
Si no moría de inanición, antes tendría que pasar allí bastante tiempo, con aquellas odiosas profesoras y con Hattie dándome órdenes todo el día. Contemplé el jar¬dín de Madame Edith hasta que el cansancio y el hambre me vencieron y me dormí en la silla.
-¡Eh, Ela! Come esto.
Un susurro me despertó de mi sueño de faisanes asa¬dos rellenos de castañas. Alguien me sacudía el hombro.
-¡Despierta, Ela, despierta!
Como era una orden abrí los ojos de inmediato, y vi que Areida me ponía un panecillo en las manos.
-Es todo lo que he podido conseguir. Anda, cóme¬telo antes de que vengan las otras.
Me comí aquel suave y blanco panecillo en dos boca¬dos y me supo a poco, pero ya era más de lo que había tomado durante aquellos días.
-Gracias, Areida. ¿Duermes aquí? -pregunté.
Ella negó con la cabeza.
-¿Dónde?
Entonces la puerta se abrió y entraron tres chicas.
-¡Mirad! Dios las cría y ellas se juntan.
La que hablaba era la alumna más alta de la escuela. Pronunciaba las consonantes imitando el acento de Areida.
-Ecete iffibensi asura edanse evtame oyjento? («¿Es así como se comporta la gente en una escuela de señori¬tas?») -pregunté a Areida.
-Otemso iffibensi asura ippiri («A veces es mucho peor»).
-¿Tú también eres de Ayorta? -me preguntó la chica alta.
-No, pero Areida me está enseñando su bello idio¬ma. En él tú serías una ibwi unju -es decir una «chica alta».
No conocía ningún insulto en ayortano. Sin embar¬go, Areida se rió muchísimo con mi ocurrencia, dando así la impresión de que ése era el peor de los apodos. Yo también me reí y Areida cayó sobre mí y entre ambas hi¬cimos temblar la silla violeta.
Madame Edith, la directora, entró a toda prisa en la habitación y dijo:
-Jovencitas, ¿qué es lo que estoy viendo?
Areida se levantó pero yo permanecí sentada. No podía dejar de reír.
-Mis sillas no están hechas para eso. Además, seño¬ritas, nunca se deben sentar dos personas en una silla. ¿Me has oído, Ela? ¡Basta ya de risas tontas!
Dejé de reír de golpe.
-Eso está mejor. Como hoy es tu primer día aquí pasaré por alto tu comportamiento, pero confío en que mañana mejore. -Madame Edith se volvió hacia las otras y gritó-: ¡Venga, poneos el camisón, jovencitas! Los brazos de Morfeo os esperan.
Areida y yo intercambiamos una mirada. Era fantás¬tico tener una amiga.
Todas cayeron en los brazos de Morfeo, como decía Madame Edith, pero yo no tenía sueño. Me habían da¬do un camisón cubierto de volantes y lazos, que era tan incómodo que no me dejaba descansar. Bajé de la cama y abrí mi maletín. Si no podía dormir, al menos podría leer, ya que Madame Edith dejaba una luz encendida por si alguien tenía miedo de la oscuridad.
Mi libro se abrió por una carta de Mandy.
Querida Ela:
Esta mañana he preparado unos bollos. Bertha, Nathan y yo nos los comeremos antes de ir a dormir. Hice dos más para ti. Los dividiremos y nos los co¬meremos a tu salud. Me prometí a mí misma que no te preocuparía diciéndote lo mucho que te echo de menos, pero fíjate en cómo empiezo esta carta.
El hombre de los loros, Simón, vino el otro día a traerte uno de sus pájaros. Uno que habla en gnómi¬co y en élfico. Dijo que no era lo bastante bueno pa¬ra la colección, pero que a ti te gustaría. También me explicó cómo alimentarlo. ¡Nunca hubiera pensado que cocinaría para un loro!
Me gustaría que se callara de vez en cuando, y me pregunto si tengo alguna receta de loro asado. Pero no te preocupes, cariño, nunca se me ocurriría asar tu regalo.
Ayer tuviste un visitante de honor, que te trajo un regalo mucho mejor que el del pájaro. Era el mismísi¬mo príncipe, que vino a verte y a obsequiarte con un potrillo de centauro. Cuando le dije que no estabas quiso saber adonde habías ido y cuándo volverías. Cuando le dije que estabas en una escuela para seño¬ritas se indignó muchísimo. Se preguntaba para qué necesitabas ir a una escuela así si no había nada en ti que necesitara mejorarse. No pude responderle, ya que yo también le preguntaría eso mismo a tu padre. Le dije que no teníamos ningún sitio para alojar al centauro. Es una pequeña belleza, pero ¿que haría yo con él? Tu príncipe me dijo que el nombre del potri¬llo era Manzana. Me dije que tenía que comportarme con cortesía, y antes de que se lo llevara le di de co¬mer una manzana al centaurito.
Hablando de irse, tu padre se fue el mismo día que tú. Dijo que se iba a ver a los verdecillos, que es el nombre despectivo que utiliza para referirse a los elfos. También dijo que tardaría en volver.
Me gustaría que estuvieses pronto de regreso. Bertha y Nathan te envían un abrazo, y yo también. ¡Salud!
Tu vieja cocinera, MANDY
P.D. No olvides tomarte tu tónico.
Cerré el libro y susurré sobre su lomo:
-No borres la carta, por favor.
Luego me tomé el tónico.
¡Un potrillo de centauro! Una pequeña belleza. Oja¬lá pudiera verlo, acariciarlo, y que él también me qui¬siera. Las lágrimas que había contenido durante toda la tarde fluyeron entonces. Mandy estaría furiosa si su¬piera que no había comido nada en tres días, y mucho más si supiera que estaba bajo las garras de un monstruo como Hattie.
A la mañana siguiente, la profesora de música nos en¬señó una canción y me hizo cantar sola para ver si desa¬finaba.
-Ela no se da cuenta de que hay más de una nota -dijo dirigiéndose a las otras-. Ven aquí, pequeña. Canta esto.
Entonces tocó una nota en el clavicémbalo.
Yo era incapaz de hacerlo, nunca había conseguido cantar una melodía. ¿Qué pasaría si no podía obedecer?
Al fin no di la nota correcta y la profesora de música frunció el ceño.
-Más agudo, o te enviaremos a una escuela de chi¬cos para que cantes con ellos -comentó mientras volvía a tocar la misma nota.
Mi siguiente intento fue demasiado agudo. Una de las chicas se tapó los oídos, y yo deseé que le dolieran de verdad. La profesora tocó otra vez.
Las sienes me palpitaban, pero canté.
-Un poco más bajo.
Entonces di la nota exacta. La profesora tocó otra. También la entoné. Tocó una escala y la repetí correcta¬mente. Sonreí llena de alegría, siempre había deseado cantar bien. A continuación volví a hacer una escala, en un tono aún más bajo. ¡Perfecto!
-Está bien, jovencita. Canta sólo cuando yo te lo diga.
Una hora más tarde la profesora de danza me dijo que diera los pasos más suaves. Mi compañera de baile era Julia, la chica alta que se había metido con Areida la noche anterior. Apreté sus brazos con fuerza, para que soportaran mi peso y así poder pisar más suave.
-Para ya -dijo apartándose de mí.
Caí al suelo y oí unas risitas sofocadas.
La profesora de danza ocupó el lugar de Julia, así que ya no podía apoyarme en ella. Intenté pensar que mis pies eran globos, y que el suelo iba a romperse si no lo pisaba con delicadeza. Nos deslizábamos, saltábamos hacia delante y hacia atrás. Yo no bailaba con mucha gra¬cia, pero por lo menos no pisoteaba el suelo. Al acabar tenía el vestido empapado en sudor.
-Eso ha estado mejor -comentó la profesora.
A la hora de la comida, la profesora de buenos moda¬les me dijo:
-No golpees con los nudillos en la mesa, el rey se avergonzaría de ti. -Aludía frecuentemente al rey Jerrold.
Desde entonces las mesas estuvieron a salvo.
-Da pequeñas puntadas, Estela, y no tires tanto del hilo. No es una rienda, ni tú eres un cochero -me alec¬cionaba la profesora de costura. Una vez me pinché con la aguja, y desde entonces mis puntadas fueron más pe¬queñas.
Todos los días pasaba lo mismo; temía las nuevas ór¬denes. El hechizo no me dejaba amoldarme fácilmente a la nueva situación. Tenía que concentrarme a cada se¬gundo. En mi mente iba repitiendo las órdenes en una retahila sin fin. Cuando me despertaba, me ordenaba a mí misma no saltar de la cama y dejar el camisón para que lo recogieran las sirvientas. A la hora del desayuno no debía soplar sobre mis cereales, no esparcirlos sobre la mesa. Durante el paseo de la tarde, ni saltar ni brincar.
Una vez, a la hora de la cena, hablé demasiado alto:
-No sorbas -me ordené.
Pensé que lo había dicho en voz baja, pero una chica que se sentaba cerca me oyó y se lo contó a las demás.
Las únicas materias que me gustaban eran las que daba la profesora de escritura: redacción y cálculo. Aquella profesora también enseñaba caligrafía, que me resultaba más difícil porque ella no solía darnos órde¬nes. Y también enseñaba ayortano, pero no otros idio¬mas. Cuando le expliqué que sabía un poco de lenguas exóticas y que quería aprender más, me dio un diccionario. Se convirtió en mi segundo libro favorito. Después del de Mandy, claro.
Cuando tenía un rato libre aprovechaba para practi¬car lenguas, especialmente el ógrico. Aunque los significados de las palabras eran horribles me atraía pronun¬ciarlas. Eran suaves, lisas, escurridizas y siseantes, como el lenguaje de las serpientes: psySSahbuSS (que signifi¬caba «delicioso»), SSyng («comer»), hijyNN («cena»), eFFuth («sabor»), o FFnOO («agrio»).
Mis progresos en todas las materias tenían asombra¬das a las profesoras. Durante mi primer mes allí hice po¬cas cosas bien, pero durante el segundo no hice ni una mal. Aprendí gradualmente, de forma natural... Pasos li¬geros, pequeñas puntadas; voz suave; espalda recta; pro¬fundas reverencias, sin crujido de rodillas; nada de bos¬tezos; ni volcarme la sopa encima, y no sorber...
Una vez en la cama, antes de dormirme, imaginaba qué pasaría si estuviera libre del hechizo de Lucinda. A la hora de cenar, posiblemente, me embadurnaría la cara con salsa y lanzaría los pasteles de carne a la profe¬sora de buenos modales, y apilaría la porcelana más delicada sobre mi cabeza, y andaría tambaleándome y co-toneándome hasta romperla toda en pedazos. Entonces los recogería y los aplastaría, junto con los pasteles de carne, sobre mi bordado inmaculado.
domingo, 7 de noviembre de 2010
El mundo encantado de Ela de Gail Carson Levine: Capítulo 9
Cruzamos ricas tierras de cultivo y ganado en nues¬tro último día de viaje hacia Jenn, donde se encontraba nuestra escuela. El día era caluroso y había niebla. Sentía demasiado calor como para tener hambre, y Hattie tan sólo era capaz de ordenarme una cosa: que la abanicase.
-Abanícame a mí también -se quejó Olive. Había comprendido que cuando Hattie me ordenaba algo yo lo hacía, y que si ella me daba órdenes también obede¬cía. Hattie no intentó explicarle en ningún momento el porqué de mi obediencia. De hecho, no se molestaba en explicarle casi nada a la torpe de Olive, y seguro que dis¬frutaba al guardarse aquel delicioso secreto para ella sola.
Me dolían los brazos y el estómago me hacía ruido. Miré por la ventana y vi un rebaño de ovejas. Buscaba al¬guna distracción que me hiciera olvidar el hambre y mi deseo se cumplió al instante, pues los caballos que tiraban del coche emprendieron de pronto un alocado galope.
-¡Ogros! -gritó el cochero.
Aunque la nube de polvo que se había levantado de¬trás de nosotros apenas nos dejaba ver el camino pude distinguir una banda de ogros que nos seguía de cerca. ¿Los estábamos dejando atrás? La nube de polvo parecía alejarse.
-¿Por qué huís de vuestros amigos? -gritó uno de ellos, con la voz más dulce que jamás había oído-. Te¬nemos lo que vuestros corazones desean: riqueza, amor, vida eterna...
¡Deseos! Enseguida pensé en mamá. Los ogros po¬drían devolverle la vida. ¿Por qué huir de lo que más de¬seaba?
-Más despacio -ordenó Hattie, innecesariamente, pues el cochero ya había frenado a los caballos.
Los ogros estaban tan sólo a unos metros. Al no ha¬ber sucumbido a su magia, las ovejas balaban atemoriza¬das. Como de pronto sus balidos no nos dejaban oír las dulces palabras de los ogros, y durante unos instantes se rompió la influencia que ejercían sobre nosotros, fui consciente al instante de que aquellos seres no podían devolverme a mamá.
Los caballos volvieron a ser fustigados para que galo¬pasen más deprisa. Pero enseguida nos alejamos del reba¬ño y volvimos a estar bajo el poder de los ogros. Les dije a Hattie, a Olive y al cochero que gritasen todo lo que pudiesen para no oír a los ogros. El cochero lo entendió al instante y unió su voz a la mía, con palabras que yo jamás había oído. Después Hattie se puso a gritar:
-¡A mí comedme la última!
Pero fue Olive la que nos salvó. De pronto soltó un bramido que parecía no tener fin, y que no cesó hasta que llegamos a las primeras casas de Jenn. Entonces los ogros desaparecieron de nuestra vista y recuperamos to¬dos la calma.
-Cállate ya, Olive -dijo Hattie-. Nadie va a co¬mernos. Me estás dando dolor de cabeza.
Pero Olive no paró hasta que el cochero detuvo a los caballos, se asomó dentro del coche y le dio una bofetada.
-Perdóneme, señorita -se disculpó, y volvió luego a su sitio.
La escuela de señoritas era una vulgar construcción de madera. Si no hubiese sido por los enormes arbustos en forma de damas con faldas, que ornamentaban el lu¬gar, habría pensado que se trataba de la casa de cualquier comerciante no demasiado próspero. Sólo esperé que las raciones de comida fuesen generosas.
Cuando bajamos del coche se abrió la puerta, y una mujer muy tiesa y de pelo gris se acercó, contoneándose, hasta nuestro carruaje.
-Bienvenidas, señoritas -dijo haciendo una reve¬rencia. Luego, señalándome a mí, preguntó-: ¿Quién es ésa?
Me apresuré a responder antes de que Hattie me pre¬sentara a su manera.
-Soy Ela, Madame. Mi padre es sir Peter de Frell. Ha escrito esta carta para usted -dije mientras sacaba la carta y la bolsa con el dinero.
Agarró la carta y también la bolsa, la cual sopesó y se metió en el bolsillo del delantal.
-¡Qué sorpresa más agradable! Soy Madame Edith, la directora de este lugar. Bienvenida a nuestra modesta casa.
Luego volvió a hacer una reverencia. Yo deseé que fuera la última, pues mi rodilla crujía cada vez que me agachaba.
-Hemos acabado de comer y ahora estamos bor¬dando. Las demás señoritas están deseando conocerte. Adelante, nunca es demasiado pronto para aprender.
Nos hizo pasar a una amplia sala llena de luz.
-Señoritas -anunció-, aquí tienen a una nueva amiga.
Todas se levantaron, saludaron y volvieron a sus asientos. Todas llevaban un vestido rosa y una cinta ama¬rilla en el pelo, mientras que mi traje estaba manchado y arrugado por el viaje, y mi pelo caía lacio y despeinado.
-¡Bien, vuelvan al trabajo, señoritas! -dijo Mada-me Edith-. La profesora de costura ayudará a la nueva alumna.
Me acomodé en una silla cerca de la puerta y miré desafiante a mi alrededor. Me encontré con la mirada de una chica de mi edad, que me sonrió indecisa. Quizás entonces mi mirada se suavizó, porque ella al momento me dedicó una amplia sonrisa y me guiñó un ojo.
La profesora de costura se acercó a mí. Sostenía una aguja, un surtido de hilos de colores y un bastidor con una tela de lino en la que había dibujadas unas flores. Te¬nía que bordar aquel diseño. Más tarde la tela serviría para un cojín o para el respaldo de una silla. Después de explicarme lo que tenía que hacer, la profesora de costu¬ra me dejó sola, creyendo que yo sabría coser. Pero era la primera vez en mi vida que tenía una aguja en la mano, y a pesar de que me fijé en qué hacían las otras chicas no pude ni enhebrarla. Lo intenté durante un cuarto de ho¬ra, hasta que la profesora se acercó y exclamó:
-¡Esta chica ha sido educada por ogros, o por algo todavía peor! -gritó arrancándome la aguja de la ma¬no-. Sostenla con delicadeza, ¡no es un arpón! -Des¬pués la enhebró con hilo verde y me la devolvió.
Intenté hacer lo que me había dicho. Se marchó y yo empecé mi labor como pude. Clavé la aguja en el contorno de una rosa. Me dolía la cabeza por falta de ali¬mento.
-Tienes que hacer un nudo al final del hilo y empe¬zar por debajo. -La que me hablaba era la chica que me había guiñado el ojo al entrar. Acercó su silla a la mía y siguió-: La profesora de labores se reirá de ti si bordas una rosa de color verde. Las rosas tienen que ser rojas, rosadas o, si eres más atrevida, amarillas.
En su regazo descansaba un vestido de color rosa, igual al que llevaba puesto. Inclinó la cabeza sobre mi labor y dio otra puntada. Su pelo oscuro estaba peinado con pequeñas trenzas que se unían en un moño. Su piel era de color canela, y sus mejillas parecían pinceladas de color frambuesa (yo no podía evitar el hacer símiles con cosas de comer). Sus labios, curvados graciosamente ha¬cia arriba, le daban un aspecto risueño y alegre. Se lla¬maba Areida, y su familia vivía en Amonta, una ciudad junto a la frontera de Ayorta. Hablaba con el acento propio de su país: emitía un leve chasquido cuando pro¬nunciaba la eme, y asimilaba la ele a la erre.
-Abensa utyu arija ubensu -dije esperando que ésa fuera la forma de decir «encantada de conocerte» en ayortano. Lo había aprendido de uno de los loros.
Ella me sonrió extasiada.
-Ubensu ockommo Ayorta?
-Sólo sé unas pocas palabras -confesé.
Entonces pareció quedarse muy frustrada.
-Hubiera sido maravilloso tener a alguien con quien hablar en mi lengua.
-Puedes enseñarme.
-Tu acento es bastante bueno -dijo confusa.- La profesora de lengua enseña ayortano, pero nadie ha con¬seguido aprender ni una palabra.
-Yo tengo facilidad para los idiomas.
Desde aquel momento empezó a enseñarme. «Una vez oído, ya nunca olvidado», ése es mi lema para los idiomas. Al cabo de una hora ya construía pequeñas fra¬ses, lo cual hacía las delicias de Areida.
-Utyu ubensu evtmae oyjento? («¿Te gusta esta es¬cuela para señoritas?») -pregunté.
Se encogió de hombros.
-¿No crees que es horrible? -dije volviendo a ha¬blar en kyrrian.
Entonces se proyectó una sombra sobre mi labor abandonada. Era la profesora de costura, que tomó la te¬la y anunció dramáticamente:
-Sólo tres puntadas en todo este rato. Tres grandes y horrorosas puntadas, igual que tres dientes en una bo¬ca desdentada. Ve a tu habitación y permanece allí hasta la hora de dormir. Hoy no habrá cena para ti.
Mi estómago rugió tan fuerte que creí que todos en la sala lo habían oído. Hattie me dedicó una sonrisa de sa¬tisfacción; ni ella misma podría haberlo planeado mejor.
-Me da igual, no tengo hambre -le respondí a la profesora.
-Entonces también te quedarás sin desayuno, por impertinente.
-Abanícame a mí también -se quejó Olive. Había comprendido que cuando Hattie me ordenaba algo yo lo hacía, y que si ella me daba órdenes también obede¬cía. Hattie no intentó explicarle en ningún momento el porqué de mi obediencia. De hecho, no se molestaba en explicarle casi nada a la torpe de Olive, y seguro que dis¬frutaba al guardarse aquel delicioso secreto para ella sola.
Me dolían los brazos y el estómago me hacía ruido. Miré por la ventana y vi un rebaño de ovejas. Buscaba al¬guna distracción que me hiciera olvidar el hambre y mi deseo se cumplió al instante, pues los caballos que tiraban del coche emprendieron de pronto un alocado galope.
-¡Ogros! -gritó el cochero.
Aunque la nube de polvo que se había levantado de¬trás de nosotros apenas nos dejaba ver el camino pude distinguir una banda de ogros que nos seguía de cerca. ¿Los estábamos dejando atrás? La nube de polvo parecía alejarse.
-¿Por qué huís de vuestros amigos? -gritó uno de ellos, con la voz más dulce que jamás había oído-. Te¬nemos lo que vuestros corazones desean: riqueza, amor, vida eterna...
¡Deseos! Enseguida pensé en mamá. Los ogros po¬drían devolverle la vida. ¿Por qué huir de lo que más de¬seaba?
-Más despacio -ordenó Hattie, innecesariamente, pues el cochero ya había frenado a los caballos.
Los ogros estaban tan sólo a unos metros. Al no ha¬ber sucumbido a su magia, las ovejas balaban atemoriza¬das. Como de pronto sus balidos no nos dejaban oír las dulces palabras de los ogros, y durante unos instantes se rompió la influencia que ejercían sobre nosotros, fui consciente al instante de que aquellos seres no podían devolverme a mamá.
Los caballos volvieron a ser fustigados para que galo¬pasen más deprisa. Pero enseguida nos alejamos del reba¬ño y volvimos a estar bajo el poder de los ogros. Les dije a Hattie, a Olive y al cochero que gritasen todo lo que pudiesen para no oír a los ogros. El cochero lo entendió al instante y unió su voz a la mía, con palabras que yo jamás había oído. Después Hattie se puso a gritar:
-¡A mí comedme la última!
Pero fue Olive la que nos salvó. De pronto soltó un bramido que parecía no tener fin, y que no cesó hasta que llegamos a las primeras casas de Jenn. Entonces los ogros desaparecieron de nuestra vista y recuperamos to¬dos la calma.
-Cállate ya, Olive -dijo Hattie-. Nadie va a co¬mernos. Me estás dando dolor de cabeza.
Pero Olive no paró hasta que el cochero detuvo a los caballos, se asomó dentro del coche y le dio una bofetada.
-Perdóneme, señorita -se disculpó, y volvió luego a su sitio.
La escuela de señoritas era una vulgar construcción de madera. Si no hubiese sido por los enormes arbustos en forma de damas con faldas, que ornamentaban el lu¬gar, habría pensado que se trataba de la casa de cualquier comerciante no demasiado próspero. Sólo esperé que las raciones de comida fuesen generosas.
Cuando bajamos del coche se abrió la puerta, y una mujer muy tiesa y de pelo gris se acercó, contoneándose, hasta nuestro carruaje.
-Bienvenidas, señoritas -dijo haciendo una reve¬rencia. Luego, señalándome a mí, preguntó-: ¿Quién es ésa?
Me apresuré a responder antes de que Hattie me pre¬sentara a su manera.
-Soy Ela, Madame. Mi padre es sir Peter de Frell. Ha escrito esta carta para usted -dije mientras sacaba la carta y la bolsa con el dinero.
Agarró la carta y también la bolsa, la cual sopesó y se metió en el bolsillo del delantal.
-¡Qué sorpresa más agradable! Soy Madame Edith, la directora de este lugar. Bienvenida a nuestra modesta casa.
Luego volvió a hacer una reverencia. Yo deseé que fuera la última, pues mi rodilla crujía cada vez que me agachaba.
-Hemos acabado de comer y ahora estamos bor¬dando. Las demás señoritas están deseando conocerte. Adelante, nunca es demasiado pronto para aprender.
Nos hizo pasar a una amplia sala llena de luz.
-Señoritas -anunció-, aquí tienen a una nueva amiga.
Todas se levantaron, saludaron y volvieron a sus asientos. Todas llevaban un vestido rosa y una cinta ama¬rilla en el pelo, mientras que mi traje estaba manchado y arrugado por el viaje, y mi pelo caía lacio y despeinado.
-¡Bien, vuelvan al trabajo, señoritas! -dijo Mada-me Edith-. La profesora de costura ayudará a la nueva alumna.
Me acomodé en una silla cerca de la puerta y miré desafiante a mi alrededor. Me encontré con la mirada de una chica de mi edad, que me sonrió indecisa. Quizás entonces mi mirada se suavizó, porque ella al momento me dedicó una amplia sonrisa y me guiñó un ojo.
La profesora de costura se acercó a mí. Sostenía una aguja, un surtido de hilos de colores y un bastidor con una tela de lino en la que había dibujadas unas flores. Te¬nía que bordar aquel diseño. Más tarde la tela serviría para un cojín o para el respaldo de una silla. Después de explicarme lo que tenía que hacer, la profesora de costu¬ra me dejó sola, creyendo que yo sabría coser. Pero era la primera vez en mi vida que tenía una aguja en la mano, y a pesar de que me fijé en qué hacían las otras chicas no pude ni enhebrarla. Lo intenté durante un cuarto de ho¬ra, hasta que la profesora se acercó y exclamó:
-¡Esta chica ha sido educada por ogros, o por algo todavía peor! -gritó arrancándome la aguja de la ma¬no-. Sostenla con delicadeza, ¡no es un arpón! -Des¬pués la enhebró con hilo verde y me la devolvió.
Intenté hacer lo que me había dicho. Se marchó y yo empecé mi labor como pude. Clavé la aguja en el contorno de una rosa. Me dolía la cabeza por falta de ali¬mento.
-Tienes que hacer un nudo al final del hilo y empe¬zar por debajo. -La que me hablaba era la chica que me había guiñado el ojo al entrar. Acercó su silla a la mía y siguió-: La profesora de labores se reirá de ti si bordas una rosa de color verde. Las rosas tienen que ser rojas, rosadas o, si eres más atrevida, amarillas.
En su regazo descansaba un vestido de color rosa, igual al que llevaba puesto. Inclinó la cabeza sobre mi labor y dio otra puntada. Su pelo oscuro estaba peinado con pequeñas trenzas que se unían en un moño. Su piel era de color canela, y sus mejillas parecían pinceladas de color frambuesa (yo no podía evitar el hacer símiles con cosas de comer). Sus labios, curvados graciosamente ha¬cia arriba, le daban un aspecto risueño y alegre. Se lla¬maba Areida, y su familia vivía en Amonta, una ciudad junto a la frontera de Ayorta. Hablaba con el acento propio de su país: emitía un leve chasquido cuando pro¬nunciaba la eme, y asimilaba la ele a la erre.
-Abensa utyu arija ubensu -dije esperando que ésa fuera la forma de decir «encantada de conocerte» en ayortano. Lo había aprendido de uno de los loros.
Ella me sonrió extasiada.
-Ubensu ockommo Ayorta?
-Sólo sé unas pocas palabras -confesé.
Entonces pareció quedarse muy frustrada.
-Hubiera sido maravilloso tener a alguien con quien hablar en mi lengua.
-Puedes enseñarme.
-Tu acento es bastante bueno -dijo confusa.- La profesora de lengua enseña ayortano, pero nadie ha con¬seguido aprender ni una palabra.
-Yo tengo facilidad para los idiomas.
Desde aquel momento empezó a enseñarme. «Una vez oído, ya nunca olvidado», ése es mi lema para los idiomas. Al cabo de una hora ya construía pequeñas fra¬ses, lo cual hacía las delicias de Areida.
-Utyu ubensu evtmae oyjento? («¿Te gusta esta es¬cuela para señoritas?») -pregunté.
Se encogió de hombros.
-¿No crees que es horrible? -dije volviendo a ha¬blar en kyrrian.
Entonces se proyectó una sombra sobre mi labor abandonada. Era la profesora de costura, que tomó la te¬la y anunció dramáticamente:
-Sólo tres puntadas en todo este rato. Tres grandes y horrorosas puntadas, igual que tres dientes en una bo¬ca desdentada. Ve a tu habitación y permanece allí hasta la hora de dormir. Hoy no habrá cena para ti.
Mi estómago rugió tan fuerte que creí que todos en la sala lo habían oído. Hattie me dedicó una sonrisa de sa¬tisfacción; ni ella misma podría haberlo planeado mejor.
-Me da igual, no tengo hambre -le respondí a la profesora.
-Entonces también te quedarás sin desayuno, por impertinente.
El mundo encantado de Ela de Gail Carson Levine: Capítulo 8
Hattie no sabía nada ni de Lucinda ni del hechizo, pero lo que sí había comprendido era que yo siempre obedecería sus órdenes. De hecho, después de que le lanzara la bola de polvo a la cara se había limitado a sonreír maliciosamente. Sabía que tenía mucho más valor el poder que ella acababa de adquirir que mi afrenta.
Me retiré a un rincón del coche y me puse a contemplar el paisaje. Hattie no me había ordenado que le quitase el collar. ¿Y si se lo sacaba por la cabeza, o se lo arrancaba del cuello? Prefería que estuviese roto a que ella lo tuviera.
Lo intenté. Ordené a mis brazos que se movieran y a mis manos que lo agarraran. Pero el hechizo no me dejaba. La única forma de lograrlo habría sido que alguien me lo hubiese ordenado, puesto que yo sola no podía desobedecer una orden. Intenté acostumbrarme a ver el collar en el cuello de Hattie. Cuando yo lo miraba, ella lo acariciaba satisfecha.
Al cabo de un rato se durmió, con la boca entreabierta, y empezó a roncar. Entonces Olive aprovechó para sentarse a mi lado.
-Yo también quiero un regalo como prueba de nuestra amistad.
-¿Por qué no me das tú algo a mí? -contesté.
Frunció el ceño.
-No, no. Tienes que dármelo tú.
-¿Qué te gustaría? -pregunté ante la obligación de cumplir una orden.
-Quiero dinero.
Tal y como había prometido, papá me había dado una bolsa llena de KJs de plata. Tomé mi maletín y le di una moneda.
-Aquí tienes. Ahora ya somos amigas.
Ella escupió sobre la moneda y luego la frotó para que brillara.
-Ahora sí que somos amigas -concluyó. Volvió a su sitio y se acercó la moneda a los ojos para verla bien.
Yo miraba a Hattie, que seguía roncando. Probablemente estuviera soñando en lo que me ordenaría después. Luego miré a Olive, que se pasaba el canto de la moneda por la frente y luego por la nariz. Tenía ganas de llegar a la escuela, por lo menos allí tendría otras compañeras.
Al poco rato Olive también se durmió. Sólo cuando estuve segura de que las dos dormían profundamente me atreví a sacar de mi bolsa el libro de cuentos que me había regalado Mandy. Me puse de espaldas a ellas, para ocultar el libro y aprovechar la luz que entraba por la ventanilla.
Cuando abrí el libro, en lugar de un cuento de hadas encontré una ilustración en la que aparecía Mandy. Estaba cortando un nabo a trocitos, con el que después cocinaría el pollo que aquella misma mañana había desplumado. Estaba llorando. Comprendí que se había contenido al abrazarme. La página se volvió borrosa porque mis ojos también se llenaron de lágrimas, aunque no quise llorar ante Hattie y Olive, a pesar de que estuvieran dormidas.
Si Mandy hubiera estado en el coche conmigo me habría abrazado, y entonces habría podido llorar tanto como hubiese querido. Me hubiera dado unos golpecitos en la espalda y me habría dicho...
No, aquellos pensamientos no debían hacerme llorar. Si Mandy hubiera estado allí me habría dicho que podía ser maravilloso usar la magia para convertir a Hattie en un conejo. Y entonces yo me preguntaría de nuevo para qué sirven las hadas si no es para usar la magia.
Aquello me ayudó. Me aseguré de que mis compañeras de viaje continuasen dormidas y entonces pasé la página del libro. Mostraba la imagen de una habitación, probablemente en el castillo del rey Jerrold, ya que Char estaba allí y el escudo de Kyrria estaba pintado en la pared, sobre un tapiz. Char estaba hablando con tres de los soldados que habían vigilado a los ogros.
No entendía lo que significaba aquella escena. Quizá la siguiente página lo explicaba. En ella encontré dos ilustraciones más, pero en ninguna aparecían ni Char ni los soldados.
En el reverso había un mapa de Frell, nuestra propiedad, debajo del cual figuraba la inscripción: «Sir Peter de Frell.» Mi dedo siguió la ruta hacia el viejo castillo, junto al que estaba la colección de animales del rey. Había °tro camino desde Frell hacia el sur; era el mismo que recorríamos en aquel momento. Quedaba más allá de ios límites del mapa, más allá de la propiedad de sir Peter de Frell.
La ilustración de la derecha mostraba el coche de papá, seguido de tres carros tirados por muías y llenos de mercancías para vender. Papá, con la cara al viento, estaba sentado en el pescante junto al cochero, que alzaba su látigo.
¿Qué más me mostraría el libro?
Esta vez parecía un cuento de hadas como El zapatero y los elfos. En esta versión, sin embargo, cada elfo tenía su personalidad y llegué a conocerlos mejor que al propio zapatero. También entendí por qué desaparecen después de que el zapatero les haga unos trajes. Resulta que van a ayudar a un gigante a deshacerse de un enjambre de mosquitos que son demasiado pequeños y que él no puede ver. Los elfos dejan una nota de agradecimiento para el zapatero que él no llega a leer porque pone su taza de café encima. Ahora entendía mejor aquel cuento.
-Tu libro parece fascinante. Déjamelo ver -dijo Hattie, que acababa de despertarse.
Me sobresalté. Si también me quitaba el libro la mataría. Cuando se lo tendí pareció aumentar de peso.
Sus ojos se abrieron a medida que leía.
-¿Te gusta esto? «El ciclo vital de la garrapata del centauro.» -Pasó las páginas-. «Minas gnómicas de plata en terrenos peligrosos.»
-¿No te parece interesante? -pregunté aliviada-. Puedes leerlo si quieres, si vamos a ser amigas tenemos que tener intereses comunes.
-Tú no puedes compartir mis intereses, querida -dijo devolviéndome el libro.
Aquel viaje me sirvió para saber qué podía esperar de Hattie. Una vez en la posada donde íbamos a pasar la primera noche, me informó de que el lugar que ocupaba yo en el coche era el destinado a su sirvienta.
-Pero no importa, porque tú puedes ocupar perfectamente su lugar -dijo ladeando la cabeza-. Aunque, pensándolo mejor, como perteneces a la nobleza sería un insulto convertirte en mi criada. Serás mi dama de compañía, y algunas veces también la de mi hermana. Oye, Olive, ¿hay algo que Ela pueda hacer por ti?
-No, yo ya sé vestirme y desvestirme sola -contestó Olive desafiante.
-Nadie ha dicho que no sepas -dijo Hattie sentándose en la cama que íbamos a compartir. Levantó los pies y dirigiéndose a mí ordenó-: Arrodíllate y ponme las zapatillas, Ela. Me duelen los tobillos.
Las tomé sin decir nada. Mi nariz se llenó del agrio olor de sus pies. Llevé las zapatillas hasta la ventana y las tiré abajo.
Hattie bostezó.
-Te has buscado trabajo extra. Ve abajo y recógelas.
Olive corrió hacia la ventana.
-¡Tus zapatillas han caído en un cubo de agua sucia!
Aunque me vi obligada a subir las malolientes zapatillas a la habitación, Hattie no tuvo más remedio que llevarlas puestas hasta que encontró otras limpias en su baúl. Después de aquello pensaría con más cuidado las órdenes que me daba.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, calificó los cereales de incomestibles.
-No los comas, Ela. Te pueden sentar mal -dijo mientras tomaba ella una cucharada.
Salía humo de mi bol, y pude apreciar el aroma de la canela. Mandy también solía ponérmela en el desayuno.
-Pues si es tan malo, ¿por qué comes? -preguntó Olive a su hermana-. Yo estoy hambrienta, la verdad.
-Tus cereales parecen buenos. Yo me tomo los míos a pesar de que están asquerosos... -masculló mientras lamía los restos de cereales que le habían quedado en la comisura de la boca-. Es necesario que me alimente para poder dirigir nuestro viaje.
-Tú no vas a di... -empezó a decir Olive.
-¿No les gusta su desayuno, señoritas? -preguntó el posadero preocupado.
-El estómago de mi hermana es muy delicado -dijo Hattie-. Ya puede retirar su bol.
-Yo no soy su hermana -protesté mientras el posadero se iba.
Hattie rió mientras rebañaba sus cereales con la cuchara.
El posadero volvió con un plato de pan moreno relleno de nueces y pasas.
-Quizás esto le sentará mejor al estómago de la señorita.
Tuve tiempo de dar un buen mordisco al pan antes de que una señora de la mesa vecina solicitase al posadero.
-Déjalo, Ela -dijo Hattie tras tomar una puntita de pan y probarla-. Es demasiado empalagoso.
-La comida empalagosa me gusta mucho -dijo Olive alcanzando el pan.
Entre las dos se acabaron mi desayuno en un periquete. Aparte del tónico, aquel pedazo de pan era la única comida que había probado en tres días. Hattie también me hubiera prohibido tomar mi tónico, de no ser porque lo probó. Al tragarlo puso cara de asco.
Me retiré a un rincón del coche y me puse a contemplar el paisaje. Hattie no me había ordenado que le quitase el collar. ¿Y si se lo sacaba por la cabeza, o se lo arrancaba del cuello? Prefería que estuviese roto a que ella lo tuviera.
Lo intenté. Ordené a mis brazos que se movieran y a mis manos que lo agarraran. Pero el hechizo no me dejaba. La única forma de lograrlo habría sido que alguien me lo hubiese ordenado, puesto que yo sola no podía desobedecer una orden. Intenté acostumbrarme a ver el collar en el cuello de Hattie. Cuando yo lo miraba, ella lo acariciaba satisfecha.
Al cabo de un rato se durmió, con la boca entreabierta, y empezó a roncar. Entonces Olive aprovechó para sentarse a mi lado.
-Yo también quiero un regalo como prueba de nuestra amistad.
-¿Por qué no me das tú algo a mí? -contesté.
Frunció el ceño.
-No, no. Tienes que dármelo tú.
-¿Qué te gustaría? -pregunté ante la obligación de cumplir una orden.
-Quiero dinero.
Tal y como había prometido, papá me había dado una bolsa llena de KJs de plata. Tomé mi maletín y le di una moneda.
-Aquí tienes. Ahora ya somos amigas.
Ella escupió sobre la moneda y luego la frotó para que brillara.
-Ahora sí que somos amigas -concluyó. Volvió a su sitio y se acercó la moneda a los ojos para verla bien.
Yo miraba a Hattie, que seguía roncando. Probablemente estuviera soñando en lo que me ordenaría después. Luego miré a Olive, que se pasaba el canto de la moneda por la frente y luego por la nariz. Tenía ganas de llegar a la escuela, por lo menos allí tendría otras compañeras.
Al poco rato Olive también se durmió. Sólo cuando estuve segura de que las dos dormían profundamente me atreví a sacar de mi bolsa el libro de cuentos que me había regalado Mandy. Me puse de espaldas a ellas, para ocultar el libro y aprovechar la luz que entraba por la ventanilla.
Cuando abrí el libro, en lugar de un cuento de hadas encontré una ilustración en la que aparecía Mandy. Estaba cortando un nabo a trocitos, con el que después cocinaría el pollo que aquella misma mañana había desplumado. Estaba llorando. Comprendí que se había contenido al abrazarme. La página se volvió borrosa porque mis ojos también se llenaron de lágrimas, aunque no quise llorar ante Hattie y Olive, a pesar de que estuvieran dormidas.
Si Mandy hubiera estado en el coche conmigo me habría abrazado, y entonces habría podido llorar tanto como hubiese querido. Me hubiera dado unos golpecitos en la espalda y me habría dicho...
No, aquellos pensamientos no debían hacerme llorar. Si Mandy hubiera estado allí me habría dicho que podía ser maravilloso usar la magia para convertir a Hattie en un conejo. Y entonces yo me preguntaría de nuevo para qué sirven las hadas si no es para usar la magia.
Aquello me ayudó. Me aseguré de que mis compañeras de viaje continuasen dormidas y entonces pasé la página del libro. Mostraba la imagen de una habitación, probablemente en el castillo del rey Jerrold, ya que Char estaba allí y el escudo de Kyrria estaba pintado en la pared, sobre un tapiz. Char estaba hablando con tres de los soldados que habían vigilado a los ogros.
No entendía lo que significaba aquella escena. Quizá la siguiente página lo explicaba. En ella encontré dos ilustraciones más, pero en ninguna aparecían ni Char ni los soldados.
En el reverso había un mapa de Frell, nuestra propiedad, debajo del cual figuraba la inscripción: «Sir Peter de Frell.» Mi dedo siguió la ruta hacia el viejo castillo, junto al que estaba la colección de animales del rey. Había °tro camino desde Frell hacia el sur; era el mismo que recorríamos en aquel momento. Quedaba más allá de ios límites del mapa, más allá de la propiedad de sir Peter de Frell.
La ilustración de la derecha mostraba el coche de papá, seguido de tres carros tirados por muías y llenos de mercancías para vender. Papá, con la cara al viento, estaba sentado en el pescante junto al cochero, que alzaba su látigo.
¿Qué más me mostraría el libro?
Esta vez parecía un cuento de hadas como El zapatero y los elfos. En esta versión, sin embargo, cada elfo tenía su personalidad y llegué a conocerlos mejor que al propio zapatero. También entendí por qué desaparecen después de que el zapatero les haga unos trajes. Resulta que van a ayudar a un gigante a deshacerse de un enjambre de mosquitos que son demasiado pequeños y que él no puede ver. Los elfos dejan una nota de agradecimiento para el zapatero que él no llega a leer porque pone su taza de café encima. Ahora entendía mejor aquel cuento.
-Tu libro parece fascinante. Déjamelo ver -dijo Hattie, que acababa de despertarse.
Me sobresalté. Si también me quitaba el libro la mataría. Cuando se lo tendí pareció aumentar de peso.
Sus ojos se abrieron a medida que leía.
-¿Te gusta esto? «El ciclo vital de la garrapata del centauro.» -Pasó las páginas-. «Minas gnómicas de plata en terrenos peligrosos.»
-¿No te parece interesante? -pregunté aliviada-. Puedes leerlo si quieres, si vamos a ser amigas tenemos que tener intereses comunes.
-Tú no puedes compartir mis intereses, querida -dijo devolviéndome el libro.
Aquel viaje me sirvió para saber qué podía esperar de Hattie. Una vez en la posada donde íbamos a pasar la primera noche, me informó de que el lugar que ocupaba yo en el coche era el destinado a su sirvienta.
-Pero no importa, porque tú puedes ocupar perfectamente su lugar -dijo ladeando la cabeza-. Aunque, pensándolo mejor, como perteneces a la nobleza sería un insulto convertirte en mi criada. Serás mi dama de compañía, y algunas veces también la de mi hermana. Oye, Olive, ¿hay algo que Ela pueda hacer por ti?
-No, yo ya sé vestirme y desvestirme sola -contestó Olive desafiante.
-Nadie ha dicho que no sepas -dijo Hattie sentándose en la cama que íbamos a compartir. Levantó los pies y dirigiéndose a mí ordenó-: Arrodíllate y ponme las zapatillas, Ela. Me duelen los tobillos.
Las tomé sin decir nada. Mi nariz se llenó del agrio olor de sus pies. Llevé las zapatillas hasta la ventana y las tiré abajo.
Hattie bostezó.
-Te has buscado trabajo extra. Ve abajo y recógelas.
Olive corrió hacia la ventana.
-¡Tus zapatillas han caído en un cubo de agua sucia!
Aunque me vi obligada a subir las malolientes zapatillas a la habitación, Hattie no tuvo más remedio que llevarlas puestas hasta que encontró otras limpias en su baúl. Después de aquello pensaría con más cuidado las órdenes que me daba.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, calificó los cereales de incomestibles.
-No los comas, Ela. Te pueden sentar mal -dijo mientras tomaba ella una cucharada.
Salía humo de mi bol, y pude apreciar el aroma de la canela. Mandy también solía ponérmela en el desayuno.
-Pues si es tan malo, ¿por qué comes? -preguntó Olive a su hermana-. Yo estoy hambrienta, la verdad.
-Tus cereales parecen buenos. Yo me tomo los míos a pesar de que están asquerosos... -masculló mientras lamía los restos de cereales que le habían quedado en la comisura de la boca-. Es necesario que me alimente para poder dirigir nuestro viaje.
-Tú no vas a di... -empezó a decir Olive.
-¿No les gusta su desayuno, señoritas? -preguntó el posadero preocupado.
-El estómago de mi hermana es muy delicado -dijo Hattie-. Ya puede retirar su bol.
-Yo no soy su hermana -protesté mientras el posadero se iba.
Hattie rió mientras rebañaba sus cereales con la cuchara.
El posadero volvió con un plato de pan moreno relleno de nueces y pasas.
-Quizás esto le sentará mejor al estómago de la señorita.
Tuve tiempo de dar un buen mordisco al pan antes de que una señora de la mesa vecina solicitase al posadero.
-Déjalo, Ela -dijo Hattie tras tomar una puntita de pan y probarla-. Es demasiado empalagoso.
-La comida empalagosa me gusta mucho -dijo Olive alcanzando el pan.
Entre las dos se acabaron mi desayuno en un periquete. Aparte del tónico, aquel pedazo de pan era la única comida que había probado en tres días. Hattie también me hubiera prohibido tomar mi tónico, de no ser porque lo probó. Al tragarlo puso cara de asco.
viernes, 5 de noviembre de 2010
No sé que hacer...
¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer para recuperarte, para que no te alejes de nuevo de mí?
Es imposible, ¿verdad? ¿Tanto daño te he hecho?
Ahora mismo, mi existencia y mi vida carece de sentido y tengo ganas de golpearme por atreverme a llorar, a llorar ahora ¿Por qué no lloré cuando tú necesitabas ver mis lágrimas? ¿Por qué no extendí mi mano y te pedí que te quedaras? ¿Por qué soy tan idiotamente orgulloso?
He dejado ir lo más maravilloso de mi vida por tal estupidez que es ilógica.
Mi corazón está en carne viva, convirtiéndose en mis lágrimas, y estas arden en mis ojos, quemando mis mejillas ya enrojecidas.
Ya...no sé que hacer...
Es imposible, ¿verdad? ¿Tanto daño te he hecho?
Ahora mismo, mi existencia y mi vida carece de sentido y tengo ganas de golpearme por atreverme a llorar, a llorar ahora ¿Por qué no lloré cuando tú necesitabas ver mis lágrimas? ¿Por qué no extendí mi mano y te pedí que te quedaras? ¿Por qué soy tan idiotamente orgulloso?
He dejado ir lo más maravilloso de mi vida por tal estupidez que es ilógica.
Mi corazón está en carne viva, convirtiéndose en mis lágrimas, y estas arden en mis ojos, quemando mis mejillas ya enrojecidas.
Ya...no sé que hacer...
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