miércoles, 16 de marzo de 2011

Extraña combinación

Entre la pausadas notas producidas por la guitarra y las largas pasiones calmadas del violín, mi alma se relaja y se hunde en otro mundo.

Se complementan perfectamente, en compleja sincronía, tal que me cuesta entenderla. Mientras que la guitarra me recuerda a las ondas en el agua, el violín sigue su propio ritmo, marcando a la propia guitarra, como el viento entre las hojas.

Definitivamente, es una combinación maravillosa.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Polos Opuestos Capítulo 3

Escucho un sonido molesto, un ruido que no logro identificar. Poco a poco comienzo a despertar e identifico la molestia como mi despertador.

- ¡Aj! Quiero dormir un poco más…- Murmuro escondiendo la cabeza bajo la almohada. - ¿A quién le estoy diciendo esto?

Me levanto de un salto, tratando de despejar mi mente adormilada. De pronto, noto una fuerte presión en la boca del estómago y tengo que salir corriendo al baño para poder vomitar. Me duele la cabeza y todo parece difuso, dando vueltas y vueltas. No sé como, consigo levantarme hasta el lavamanos y limpiarme la cara. Lo vi todo extrañamente borroso. Tengo mucho frío pese a que debemos rondar los 20º. Me apoyo en la pared hasta llegar al salón. Marco lentamente el número de Carlo con esfuerzo.

- Buenos días Sarah ¿Qué pasa? Es raro que me llames a estas horas.

- ¿Estás muy ocupado? – Susurro

- Un poco… Sarah, ¿qué ocurre? – Me urge preocupado.

- Necesito que llames al instituto y les digas que no puedo ir.

- De acuerdo. Ahora mismo voy para allá.

- No hace falta que vengas, estoy bien.

- Cuando tu faltas al instituto, la cosa no va bien. Te conozco. Estaré ahí en 10 minutos.

- Está bien.- Le contesto, sin fuerzas para discutirle.

Cuelgo y tengo la necesidad de ir corriendo al baño de nuevo, pero está muy lejos y no me queda más remedio que ir a la cocina. Me siento en el suelo y dejo la cabeza entre mis piernas, mientras trato de respirar hondo, aunque me cuesta porque no paro de toser. El tiempo pasó agónicamente lento, o quizás yo estaba más que concentrada en el fuerte dolor de cabeza que tengo. De pronto, la puerta se abre y Carlo entra, fugaz, hasta donde estoy con una mirada preocupada.

- Dios, tienes fiebre, ¿qué haces aquí sentada? – Dice tocándome la frente.

- No tenía fuerzas para volver a la cama.

- Está bien, ¿te ha pasado algo más? – Me pregunta mientras me coge en brazos.

- He vomitado dos veces, y me duele mucho la cabeza.- Contesto mientras acomodo mi cabeza en su hombro.

- ¿No notaste nada ayer?

- Solo ligeros mareos, pero no le di importancia.

- Cuando se trata de tu salud nunca le das importancia.- Me regaña mientras me acomoda en mi cama.

- Exagerado.

- No lo soy, espera un momento.

A los dos minutos está de vuelta con dos palanganas, una de ellas rellena de agua. Se sienta a mi lado mientas humedece el paño y me lo coloca en la frente. Luego coloca la palangana vacía en el suelo.

- Lo siento.

- ¿Por qué te disculpas?- Me pregunta extrañado.

- Estabas trabajando y yo te interrumpí.

Su rostro se vuelve cálido con una sonrisa paciente.

- Tranquila, les he dicho que lo haría desde aquí. Solo tendré que ir a una reunión a las 14:00, trataré de ser breve.

- No te preocupes por mí. Estaré bien.

- Eso no evita que me preocupe.

- ¿Has llamado ya al instituto?

- Sí, sabiendo el buen expediente que tienes, ni siquiera preguntaron por la prueba médica.

- Eso es bueno, no tengo ganas de levantarme y menos para ir al médico.

- Está bien, está bien, ahora descansa. ¿Te importa que quite tu ordenador para poner el mío?

- Claro que no. Por cierto…

- ¿Qué?

- Eres demasiado bueno y voy a dejar de hablar, me duele tanto la cabeza que no me creo que haya hablado tanto.

- Está bien, trataré de hacer el menor ruido posible. – Me contesta con una sonrisa comprensiva.

Me cuesta conciliar el sueño, los fuertes pinchazos en mi cabeza evitan cualquier oportunidad de sueño aunque, al poco rato, logro hacerlo un lado y , dormir.
_____________________________________________________________________
- Sarah, Sarah. Despierta.

Escucho una voz dulce mientras alguien me mueve con delicadeza. Entreabro poco a poco los ojos.

- Carlo… ¿qué hora es?

- Son las 13:15, me tengo que ir ya, pero me gustaría que te volvieras a tomar la medicina. Me quedaría más tranquilo.

Carlo me ayuda a sentarme, apoyándome en el respaldo de la cama y me acerca un vaso con agua y una pastilla. Me los tomo rápido, urgiendo el agua, intentando desprenderme del desagradable sabor.

-¿Así mejor?- Le pregunto.

- Sí, mucho mejor, pensé en darte el Pepto-Bismol, pero como has tenido fiebre denegué la idea ¿Tienes hambre?

- No mucha.

- Bueno, no creo que llegue demasiado tarde, pero de todas formas no tomes nada sólido, solo algún caldo de máximo, ¿de acuerdo? - Me dice mientras abre la puerta.

- Sí, sí. Vete ya o llegaras tarde.

- De acuerdo, ya me voy. - Contesta resignado.

Bobo sobre protector, no puedo evitar sonreír.A los pocos minutos le escucho cerrar la puerta. Dormito un rato, alrededor de una hora, pero suena el teléfono e intento darme prisa, cojiéndolo al 5º pitido. Seguro que es Rose.

-¿Diga?

- Sarah, ¿cómo estás?

Uno momento, esa voz...

-¿Taylor?

- Llámame Luke, por favor, no me gusta nada que me llamen así, me recuerda a los regaños de mi abuelo.- Me contesta riendo.

-De acuerdo, Luke, pero, ¿qué querías?

-¿Cómo?

-¿Para qué llamabas? Si es por las clases, dijimos que sería el lunes.

- No, no llamo para eso. Como no te vi, le pregunté a Rose y me comentó que faltaste. Llamo para preguntarte cómo estás.

- Gra-gracias. Bueno, estoy mala.

-¿Qué tienes?

-No sé, pensé que tenía la gripe, pero quizás tengo otro tipo de virus...

-¿Has vomitado?- Me urge.

- Esta mañana, dos veces.

- ¿Todavía tienes ganas de vomitar?

- No, gracias a la medicina apenas, pero no debo comer nada aún.

- Eso me recuerda...Espérame.

- ¿Cómo?Espera un momen...¿me colgó?

Cuelgo el teléfono y vuelvo a mi habitación enfurruñada. ¿Quién se cree que es? Fue él quien me llamó y me cuelga de esa forma.

A los diez minutos de haber estado dando vueltas en la cama, suena el timbre y me vuelvo a levantar con lentitud.Abro la puerta y me quedo estática observando a la persona que tengo delante.

Apoyando su espalda en el marco de la puerta, tiene una apariencia tan despreocupada que da envidia. Hoy lleva unos vaqueros beis y una camisa blanca de manga corta. Con el pelo liso cayéndole sobre los ojos, las mejillas ruborizadas y con la respiración agitada parecía que fuera a salir un fotógrafo de la nada a sacarle una foto.

-¿Qué haces aquí?- Pregunto sorprendida y, aún, un tanto enfurruñada.

Me sonríe y alza la mano izquierda en la que carga una bolsa de tela café claro con un dibujo hecho a mano de unos graciosos animales.

-¿Tienes hambre?

- Te dije que no puedo comer.

- Hace tiempo que tomaste la medicina, ¿no? Deberías de tomar alguna comida ligera , te sentará bien ¿Qué medicamento es?

- No sé el nombre.

-¿Puedes enseñármelo y así, pongo esto en la nevera?

No puedo evitar sentir pena al verle ahí, de pie, aún con la respiración un tanto entrecortada y con la bolsa que aparentemente había traído para mí.

-Venga pasa.- Contesto haciéndome a un lado.

Una vez dentro, y después de haber guardado las cosas, me volvió a pedir el medicamento y leyó el prospecto.

- Ya veo....¿Cuándo te lo tomaste?

Miro el reloj y trato de hacer cálculos.

- Creo que hace una hora, dos quizás. No estoy muy pendiente del reloj, sinceramente.

- Bien, supongo que tardaré lo suficiente como para que puedas comer el caldo como almuerzo ¿Eres alérgica a algo?

-No.

- Pues voy a robarte la cocina, espera aquí mientras.

Aunque al principio me quejo, no me queda más remedio que aceptarlo. Odio sentirme inútil.

Llamo a Rose, que me responde preocupada, y le cuento que estoy bien, pidiéndole los ejercicios y los apuntes de hoy. Después de un largo rato nos despedimos, tras percibir un delicioso olor.

-¡Ya está!- Exclama Luke, saliendo de la cocina.

-¿Ya?

- Sí, vamos siéntate.

- Espera, hay que sacar los cubiertos y...

- Dime dónde están y yo las coloco.

- No hace falta.

- Tú eres la enferma, compórtate como tal.- Me regaña , guiñándome un ojo.- Ahora siéntate.

Le obedezco sorprendida mientras le indico donde está todo. Un par de minutos después ya ha colocado toda la mesa y aparece con un plato humeante de caldo con un olor y una apariencia deliciosa. Lo coloca frente a mí y me indica que comience a comer, pero al verle ahí parado, de pie, le miro contrariada.

- ¿Qué?¿Tan mala pinta tiene?

-¿Qué haces ahí parado? Trae tu plato.

- ¿Yo?

- No, yo. Pues claro que tú. A esta hora ya deberías de comenzar a tener hambre, aunque sea algo.

- No hace falta.

- Mmm... ¿No querrás envenenarme, cierto? - Le pregunto en broma.

- Claro que no, he venido para todo lo contrario.-Me contesta contrariado, ¿se enfadó?

- Bueno, si quieres cuidarme, no debes contagiarte y para eso debes estar fuerte. Si este caldo me ayudará, no debería sentarte mal.

Me sonríe divertido y vuelve a la cocina en busca del tan peleado plato.

___________________________________________________________________

Ya hemos terminado de comer. Luke insiste en limpiar los platos, aunque puedo usar el agua caliente usa la excusa barata de que se siente un invitado inútil ¡Inútil me siento yo! Me siento en el sofá y enciendo la tele en busca de algo interesante. Dejo de buscar en cuanto encuentro ``Cómo conocí a vuestra madre´´ A mitad del capítulo, con una de las tan divertidas locuras de Barney, me río y escucho una risa detrás mío. Me giro, sobresaltada, y lo descubro con los codos apoyados en el respaldo, mirándome con curiosidad.

-¿Qué te pasa?- Me pregunta divertido.

-¿Desde cuándo estás ahí?

-Más o menos hace diez minutos.

- ¿Y qué haces ahí parado?

-¿No puedo?

-Lo más normal habría sido sentarte en algún lado, no ponerte a mi espalda en silencio, pareces un gato...

- Bueno, siendo un gato no tengo que ser normal,¡qué alivio!

- Idiota.- Le digo riéndome.

- ¿Te encuentras mejor?

- Un poco, aunque vuelvo a tener un poco de frío.

- Déjame ver.- Murmura mientras coloca una mano en mi frente.- Vuelves a tener fiebre, ¿quieres ir a tu cuarto o prefieres quedarte aquí?

-¿Qué es mejor?

- Sería mejor tu cama, seguro que es más cómoda que tu sofá y podrás descansar mejor.

- Pues a mi cuarto.- Afirmo, levantándome con lentitud.

- Espera.- Me detiene, alzándome en brazos de improviso.

- ¡Eh!¡Bájame!

-¿Quieres llegar hoy a tu cuarto no?- Me pregunta con suavidad, aunque puedo ver que se está aguantando las ganas de reír.

- Puedo ir caminando.

- Te habrías caído en cualquier momento, da igual, no te voy a soltar hasta llegar a tu cuarto. Cuanto menos te quejes, más rápido. Aunque, ¿por qué tanto ajetreo por levantarte en brazos?

- Porque me da vergüenza y... porque es como ser una molestia, peso...

-¿Pesada? ¡Si no pesas nada!

- Eso no decían los que me han cogído en brazos.

-Eso lo decían para hacerte rabiar, no lo decían en serio.

-Yo no pienso lo mismo.

- Bueno, pues a mí no me pareces pesada, así que mientras sea yo no hay problema.- Me contesta mirándome fijamente, con esa enorme sonrisa en su rostro de nuevo.

Me quedo sin palabras y giro la cabeza a otro lado, encontrándome con su hombro, vuelvo a girarla hacia el otro ante su sonrisa divertida.

- ¿Me vas a llevar de una vez? Estamos aquí parados sin hacer nada.- Mi voz extrañamente nerviosa, comienza a sentirse ronca.

-Vale, vale.- Contesta riendo.

Justo cuando da el primer paso, la puerta se abre y aparece un hombre mirado la cerradura para lograr sacar la llave, que había vuelto a quedarse atascada.

-Siento haber llegado tan tarde, intenté no entretenerme pero...- Se queda callado al lograr sacar la llave y alzar la cabeza en nuestra dirección.- ¿Quién es?

-Carlo...

lunes, 24 de enero de 2011

Vuela

Todo está en calma, aunque quizás esta sea la calma antes de la tempestad y no me he dado cuenta. Tengo la sensación de flotar en un mar de nubes y sentir, bajo ese mar blanco y espumoso, los relajantes rayos del sol a través, cálidos y abrumadores.

Mis manos se hunden en este lugar en medio del cielo y la tierra, y mis problemas se pierden en cada bocanada de aire. Está llegando la hora de despertar, aunque no quiera admitirlo.

Las nubes me traen de vuelta en forma de rocío y luego, la brisa, madrugadora y fría compañera, me cuela entre las rendijas de mi ventana para volver junto a mi cuerpo, acurrucado entre las sábanas, encariñándose a los últimos minutos de sueño.

Lanzo un beso a mis amigos de los cielos, a los que volveré a ver en el próximo anochecer, y vuelvo a mi cuerpo con un etéreo beso en mis propios labios, que se entreabren y aspiran mi alma de nuevo al interior de mi corazón.

Despierto, y mi física mente no recuerda nada más que borrosas imágenes y el atronador sonido del despertador. Este es un secreto de mi alma encantada, guárdalo bien.

viernes, 14 de enero de 2011

Este microrrelto está basado en el instrumetal de ``fireflies´´,una canción de Owl City.

¿Has sentido alguna vez como todas las cadenas se transforman en algo más suave que la seda y comienzan liberarte con ternura, como el roce de las plumas?

En ese momento, todo se vuelve diferente. Cuando caminas por la acera sientes que todo cambia de colores como un camaleón, ves colores que nunca creíste ni que existieran, la acera se vuelve blanda bajo tus pies y los ruidos no molestan, sino que muestran un nuevo ritmo y melodía. Las nubes adquieren formas y el Sol intenta adivinarlas. La gente danza y vuela, olvidándose de los problemas y sonriendo sin temor. Los árboles bailan con el viento y los más ancianos cuentan cuentos a las flores con el susurro del viento juqueteando entre sus ramas. El agua rodea y acompaña a los peces y las aves en un tranquilo paseo de tarde. Las rosas cantan con su aroma y la fuente les aplaude con vítores acuáticos. Los perros juegan con las hadas que solo sus inocentes ojos pueden ver, causando sonrisas risueñas. Las mariposas coquetean con las miradas y sus dibujos, convirtiéndose en las actrices de la naturaleza.

Comienza todo a volver a la normalidad cuando me doy cuenta de que la canción se acaba. Tengo que dejar de escuchar música al salir de casa.

sábado, 8 de enero de 2011

El mundo encantado de Ela de Gail Carson Levine: Capítulo 11

Exceptuando a Areida, no tenía ninguna otra amiga en la escuela de señoritas. Sólo el grupo de Hattie fin¬gía mostrarse amable, pero enseguida se dirigían a mí con el mismo tono de superioridad que ella. Y es que Hattie solía tratarme muy mal cuando había gente de¬lante. El suyo era un grupo odioso, formado por ella y por dos chicas a las que llamaba sus íntimas: Blossom y Delicia. La primera era la sobrina y única heredera de un conde soltero. Sólo sabía hablar de la constante preo¬cupación que sentía de que un día el conde se casara y tuviera un hijo que la reemplazara como heredera. Delicia, que era hija de un duque, casi nunca hablaba, y cuando lo hacía era para quejarse: que en la habitación había mucha corriente de aire, que la comida era ma¬la, que la criada no la trataba como merecía su posi¬ción social, que una de las chicas llevaba los labios pin¬tados...
Las profesoras también me desagradaban. Al principio, cuando cumplía sus órdenes y me salían bien las cosas me mimaban, lo cual no me gustaba nada. Des¬pués, cuando lo hacía todo a la perfección, dejé de ser la favorita. Hablaba lo mínimo, y las miraba a los ojos só¬lo cuando no tenía más remedio. De modo que volví a mi antiguo juego.
-Canta más bajo, Ela. Podrían oírte desde Ayorta.
Entonces bajaba tanto la voz que resultaba casi inau¬dible.
-No tan bajo. Queremos oír tu dulce voz.
Entonces volvía a cantar alto, aunque no tanto como al principio. La profesora de música tuvo que perder un cuarto de hora hasta conseguir que cantara al volumen adecuado.
-Levanten los pies, señoritas. Éste es un baile alegre.
Yo entonces subía las piernas hasta la cintura.
Y así siempre. Era un juego agotador, pero o jugaba a él o me sentía como una marioneta.



Hattie no le había contado a nadie lo de mi obedien¬cia. Cuando tenía una orden para mí me citaba en el jar¬dín después de la cena, para que nadie nos pudiera oír. La primera vez me ordenó que le preparara un ramo de flores. Por suerte, no sabía que yo era la ahijada de un hada, así que escogí las flores más fragantes y después busqué por el jardín alguna hierba que me resultara útil. La flor de Effel era una de mis favoritas. Si daba con ella a Hattie le saldría un sarpullido que le duraría una sema¬na. No encontré ninguna porque casi todo eran hierbajos, pero cuando ya me iba vi una ramita de hierba de pantano. La coloqué junto a una rosa, con mucho cuida¬do, para no aspirar su aroma.
A Hattie le encantaron las flores, y al verlas hundió la cabeza en el ramo.
-Son sublimes, pero...

A medida que el perfume de la hierba de pantano ha¬cía su efecto, la sonrisa de Hattie se fue desvaneciendo y su expresión se volvió como ausente.
-¿Dejarás de darme órdenes? -le pregunté.
Ella respondió con un susurro:
-Sólo si dejas de obedecerlas.
Había perdido una oportunidad con aquella pregun¬ta, y no tenía ni idea de cuánto tiempo duraría el efecto de la hierba de pantano. Pero mientras durase podría preguntarle cualquier cosa a Hattie, y ella siempre diría la verdad.
-¿Qué más puede hacer que dejes de incordiarme? -pregunté rápidamente.
-Nada -respondió pensativa-. La muerte.
-¿Qué órdenes tienes preparadas?
-Las pienso sobre la marcha.
-¿Por qué me odias?
-Porque no me admiras.
-¿Tú me admiras a mí?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque eres guapa y valiente.
¡Me envidiaba! Yo no salía de mi asombro.
-¿Qué te da miedo?
-Los ogros, los bandidos, ahogarme, ponerme en¬ferma, escalar montañas, los ratones, los perros, los ga¬tos, los pájaros, los caballos, las arañas, los gusanos, los túneles...
La corté, parecía que tenía miedo de casi todo.
-¿Cuál es tu mayor deseo?
-Ser reina.
«Serías la reina de los conejos -pensé-. Y yo la úni¬ca que te obedecería.»
Su rostro fue cambiando poco a poco hasta volver a tener aquella expresión maliciosa que la caracterizaba. Intenté que respondiera una nueva pregunta.
-¿Qué secretos escondes?
No contestó, sino que se limitó a agarrar un mechón de mi pelo. Sus ojos se abrieron de golpe.
-¿Qué estoy haciendo aquí? -dijo mirando las flo¬res, pero sin volver a olerías-. ¡ Ah, sí! Ya me acuerdo. ¡Que doncella tan buena la que me ha traído este her¬moso ramo! -Después frunció el ceño-. Pero este per¬fume no es agradable, llévatelo.
Retiré la hierba de pantano, la tiré al suelo y la piso¬teé. Si lo hubiera pensado bien le habría preguntado de qué modo podía derrotarla.



Hattie solía ordenarme que hiciera para ella tareas rutinarias. Yo pensaba que carecía de la imaginación su¬ficiente para idear cosas que no fuesen cepillarle la ropa, limpiarle las botas, darle masajes en el cuello cuando le dolía, etc. Algunas veces me obligó a ir a escondidas has¬ta la despensa, a buscar galletas para ella. Y una vez tuve incluso que cortarle las uñas de los pies.
-¿Te frotas los pies con agua y sal? -pregunté tra¬tando de no ahogarme con aquel olor.
Yo me vengaba siempre que podía. Buscaba arañas y ratones en la bodega de Madame Edith y los ponía en la cama de Hattie. Por la noche permanecía despierta, es¬perando aquel chillido que tanto me satisfacía.
Y así fueron pasando los días. Hattie me mandaba hacer cosas y yo me vengaba como podía, aunque ella siempre tenía las de ganar.
Areida era mi único consuelo. Comíamos y cosíamos juntas, y formábamos pareja en la clase de baile. Yo le con¬taba cosas de Frell, le hablaba de Mandy y de Char. Ella me contaba cosas de sus padres, que tenían una posada. No eran muy ricos, y aquélla era una de las razones por las que las demás la menospreciaban. Cuando dejara la es¬cuela usaría sus conocimientos para ayudar a su familia.
Yo nunca había conocido a una persona tan amable y atenta. Cuando Julia, la chica alta, comía demasiada uva y le sentaba mal, Areida la cuidaba durante toda la noche, mientras que sus amigas dormían profundamen¬te. Yo la ayudaba, pero sobre todo lo hacía por Areida, pues mi carácter era más rencoroso.
Una tarde, en el jardín, empecé a hablarle a Areida acerca de mamá.
-Antes de que muriera solíamos trepar a árboles pa¬recidos a éste -le explicaba apoyando mi mano en la ra¬ma baja de un roble-. Subíamos y permanecíamos lo más quietas posible. Entonces lanzábamos ramitas y be¬llotas a los que pasaban por debajo.
-¿Qué le pasó a tu madre? -preguntó Areida-. Aunque si no quieres no hace falta que me lo cuentes.
A mí no me importó contárselo. Cuando terminé Areida cantó una canción de duelo de Ayorta.
Difícil adiós,
sin ninguna esperanza de volver.
Triste adiós,
cuando el amor se ha ido.
Largo adiós,
hasta que la muerte muera.

Pero el ser perdido sigue contigo.
Su ternura te da fuerzas,
su alegría te anima,
su honor te purifica.
Más que un recuerdo,
el ser perdido se encuentra de nuevo.

La voz de Areida era dulce como el almíbar y preciosa como el oro de los gnomos. Derramé muchas lágrimas, que fluyeron desde mis ojos como si fueran agua de lluvia.
-Tienes una voz muy bonita -le dije cuando pude volver a hablar.
-Nosotros, los de Ayorta, somos buenos cantantes, pero la profesora de música dice que mi voz es demasia¬do fuerte.
-Pues la suya es fina como un hilo. La tuya es perfecta.
Sonó la campana que nos avisaba de que debíamos ir a dormir.
-¿Tengo la nariz roja de tanto llorar? -le pregunté.
-Un poco.
-No quiero que Ha..., que nadie me vea así. Me quedaré aquí un rato más.
-La profesora de buenos modales se enfadará.
Me encogí de hombros.
-Bueno, sólo dirá que mi actitud avergonzaría al rey.
-Me quedaré contigo y te avisaré cuando tu nariz deje de estar colorada.
-Ten cuidado de no quedarte bizca -dije, e hice una mueca con los ojos.
Areida se rió.
-No lo haré.
-La profesora de modales nos preguntará qué hace¬mos aquí -comenté riendo.
-Le responderé que estaba mirando tu nariz.
-Y yo le diré que la estoy arrugando.
-Se preguntará qué diría el rey de nuestro compor¬tamiento.
-Le diremos que la reina mira al rey cada noche mientras él arruga siete veces la nariz.
Volvió a sonar la campana.
-Tu nariz ya no está colorada -dijo Areida.
Corrimos hacia la casa y encontramos a la profesora de buenos modales en la puerta, que ya se disponía a ir a buscarnos.
-¡Jovencitas! Vayan a su habitación. ¿Qué diría el rey si las viese?
En el vestíbulo, todavía riendo, nos encontramos a Hattie.
-¿Qué, pasándolo bien?
-Sí -respondí.
-Bueno, no te molestaré ahora, Ela, pero mañana nos encontraremos en el jardín.



-No debes juntarte con gente que no sea de tu po¬sición, como por ejemplo esa chica de Ayorta -dijo en nuestra cita.
-Areida tiene mucha más categoría que tú. Y ade¬más, yo elijo a mis amigos.
-¡ Ay, querida! Odio causarte pesar, pero tienes que romper tu amistad con Areida.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Castillo de cristal

Las paredes comienzan a caer mientras las mariposas ascienden al cielo, la Luna se acerca inminente y las estrellas centellean. Acuden a su llamada. Su cuento de hadas comienza.

La niña abandonó a sus muñecas, que la observaban espantadas, mientras se alejaba de la realidad, con su cabeza llena de aire en vez de tener los pies plantados en el suelo, se escapaba a su castillo de cristal, en busca de su príncipe azul. Caminó encantada con su alrededor y su dulce aroma hasta que llegó, con su príncipe cabalgando en su corcel blanco. Ella esperando una cálida bienvenida y felicidad, fue encerrada en una cárcel de hielo, convirtiéndose su príncipe en su guardián de metal, ante su mirada horrorizada. El cristal se ennegreció y la brillante luz del sol desapareció por las negras nubes. La niña solo se vio capaz de llorar lágrimas ácidas, enrojeciendo su piel y arañando el suelo.

Las alas de la inocencia han caído, la niña a dejado de ser una niña, las lágrimas ya no corren por sus mejillas, se han secado, como una muñeca de trapo, su corazón solo late por la esperanza de volver a una realidad olvidada en su memoria. La muerte la acecha, con ansias de clavar sus garras en su cuello y ahogarla con su sangre envenenada por el dolor.

La chica se levanta y rompe los barrotes que hasta entonces le parecían irrompibles, escapando del guardián que se vuelve cada vez más horroroso. Pasa por cada camino que ya había atravesado de su mundo de fantasía. La vegetación trata de arrastrarla de vuelta, tanto viva como muerta, pero ella se resiste a caer de nuevo. Sus envejecidas muñecas le dan la bienvenida de lejos, en la realidad, alargando sus manos de porcelana.

Arañada y lastimada regresa a la realidad, la Luna vuelve a su posición normal, las mariposas revolotean sobre las flores y ella... vuelve a ser una niña.

viernes, 10 de diciembre de 2010

El mundo encantado de Ela de Gail Carson Levine: Capítulo 10

Una doncella me condujo hasta un pasillo lleno de puertas pintadas en diferentes tonos pastel. Una placa en cada puerta indicaba el nombre de la habitación. Pasa¬mos junto a la del «tilo», la de la «margarita» y la del «ópalo». Nos detuvimos ante la puerta donde se leía «lavanda» y la chica abrió la puerta.
Por un momento olvidé que estaba hambrienta. Me invadió una nube de luz violeta, que iba desde los tonos rosados hasta otros más próximos al azul pálido. No ha¬bía ningún otro color en la habitación. Las cortinas eran como serpentinas ondulantes, movidas por el aire que levantó la puerta al cerrarse. Bajo mis pies descansaba una alfombra de nudos que representaba una enorme violeta. Las cinco camas estaban cubiertas por colchas de seda, y los cinco escritorios estaban pintados a rayas si¬nuosas de color lila claro y oscuro.
Tenía tanta hambre, y me sentía tan desamparada, que me hubiera echado sobre la cama para llorar, pero aquéllas no eran camas muy adecuadas para ello. Había una silla de color violeta junto a una de las ventanas, así que me dejé caer en ella.
Si no moría de inanición, antes tendría que pasar allí bastante tiempo, con aquellas odiosas profesoras y con Hattie dándome órdenes todo el día. Contemplé el jar¬dín de Madame Edith hasta que el cansancio y el hambre me vencieron y me dormí en la silla.



-¡Eh, Ela! Come esto.
Un susurro me despertó de mi sueño de faisanes asa¬dos rellenos de castañas. Alguien me sacudía el hombro.
-¡Despierta, Ela, despierta!
Como era una orden abrí los ojos de inmediato, y vi que Areida me ponía un panecillo en las manos.
-Es todo lo que he podido conseguir. Anda, cóme¬telo antes de que vengan las otras.
Me comí aquel suave y blanco panecillo en dos boca¬dos y me supo a poco, pero ya era más de lo que había tomado durante aquellos días.
-Gracias, Areida. ¿Duermes aquí? -pregunté.
Ella negó con la cabeza.
-¿Dónde?
Entonces la puerta se abrió y entraron tres chicas.
-¡Mirad! Dios las cría y ellas se juntan.
La que hablaba era la alumna más alta de la escuela. Pronunciaba las consonantes imitando el acento de Areida.
-Ecete iffibensi asura edanse evtame oyjento? («¿Es así como se comporta la gente en una escuela de señori¬tas?») -pregunté a Areida.
-Otemso iffibensi asura ippiri («A veces es mucho peor»).
-¿Tú también eres de Ayorta? -me preguntó la chica alta.
-No, pero Areida me está enseñando su bello idio¬ma. En él tú serías una ibwi unju -es decir una «chica alta».
No conocía ningún insulto en ayortano. Sin embar¬go, Areida se rió muchísimo con mi ocurrencia, dando así la impresión de que ése era el peor de los apodos. Yo también me reí y Areida cayó sobre mí y entre ambas hi¬cimos temblar la silla violeta.
Madame Edith, la directora, entró a toda prisa en la habitación y dijo:
-Jovencitas, ¿qué es lo que estoy viendo?
Areida se levantó pero yo permanecí sentada. No podía dejar de reír.
-Mis sillas no están hechas para eso. Además, seño¬ritas, nunca se deben sentar dos personas en una silla. ¿Me has oído, Ela? ¡Basta ya de risas tontas!
Dejé de reír de golpe.
-Eso está mejor. Como hoy es tu primer día aquí pasaré por alto tu comportamiento, pero confío en que mañana mejore. -Madame Edith se volvió hacia las otras y gritó-: ¡Venga, poneos el camisón, jovencitas! Los brazos de Morfeo os esperan.
Areida y yo intercambiamos una mirada. Era fantás¬tico tener una amiga.
Todas cayeron en los brazos de Morfeo, como decía Madame Edith, pero yo no tenía sueño. Me habían da¬do un camisón cubierto de volantes y lazos, que era tan incómodo que no me dejaba descansar. Bajé de la cama y abrí mi maletín. Si no podía dormir, al menos podría leer, ya que Madame Edith dejaba una luz encendida por si alguien tenía miedo de la oscuridad.
Mi libro se abrió por una carta de Mandy.

Querida Ela:
Esta mañana he preparado unos bollos. Bertha, Nathan y yo nos los comeremos antes de ir a dormir. Hice dos más para ti. Los dividiremos y nos los co¬meremos a tu salud. Me prometí a mí misma que no te preocuparía diciéndote lo mucho que te echo de menos, pero fíjate en cómo empiezo esta carta.
El hombre de los loros, Simón, vino el otro día a traerte uno de sus pájaros. Uno que habla en gnómi¬co y en élfico. Dijo que no era lo bastante bueno pa¬ra la colección, pero que a ti te gustaría. También me explicó cómo alimentarlo. ¡Nunca hubiera pensado que cocinaría para un loro!
Me gustaría que se callara de vez en cuando, y me pregunto si tengo alguna receta de loro asado. Pero no te preocupes, cariño, nunca se me ocurriría asar tu regalo.
Ayer tuviste un visitante de honor, que te trajo un regalo mucho mejor que el del pájaro. Era el mismísi¬mo príncipe, que vino a verte y a obsequiarte con un potrillo de centauro. Cuando le dije que no estabas quiso saber adonde habías ido y cuándo volverías. Cuando le dije que estabas en una escuela para seño¬ritas se indignó muchísimo. Se preguntaba para qué necesitabas ir a una escuela así si no había nada en ti que necesitara mejorarse. No pude responderle, ya que yo también le preguntaría eso mismo a tu padre. Le dije que no teníamos ningún sitio para alojar al centauro. Es una pequeña belleza, pero ¿que haría yo con él? Tu príncipe me dijo que el nombre del potri¬llo era Manzana. Me dije que tenía que comportarme con cortesía, y antes de que se lo llevara le di de co¬mer una manzana al centaurito.
Hablando de irse, tu padre se fue el mismo día que tú. Dijo que se iba a ver a los verdecillos, que es el nombre despectivo que utiliza para referirse a los elfos. También dijo que tardaría en volver.
Me gustaría que estuvieses pronto de regreso. Bertha y Nathan te envían un abrazo, y yo también. ¡Salud!
Tu vieja cocinera, MANDY

P.D. No olvides tomarte tu tónico.

Cerré el libro y susurré sobre su lomo:
-No borres la carta, por favor.
Luego me tomé el tónico.
¡Un potrillo de centauro! Una pequeña belleza. Oja¬lá pudiera verlo, acariciarlo, y que él también me qui¬siera. Las lágrimas que había contenido durante toda la tarde fluyeron entonces. Mandy estaría furiosa si su¬piera que no había comido nada en tres días, y mucho más si supiera que estaba bajo las garras de un monstruo como Hattie.



A la mañana siguiente, la profesora de música nos en¬señó una canción y me hizo cantar sola para ver si desa¬finaba.
-Ela no se da cuenta de que hay más de una nota -dijo dirigiéndose a las otras-. Ven aquí, pequeña. Canta esto.
Entonces tocó una nota en el clavicémbalo.
Yo era incapaz de hacerlo, nunca había conseguido cantar una melodía. ¿Qué pasaría si no podía obedecer?
Al fin no di la nota correcta y la profesora de música frunció el ceño.
-Más agudo, o te enviaremos a una escuela de chi¬cos para que cantes con ellos -comentó mientras volvía a tocar la misma nota.
Mi siguiente intento fue demasiado agudo. Una de las chicas se tapó los oídos, y yo deseé que le dolieran de verdad. La profesora tocó otra vez.
Las sienes me palpitaban, pero canté.
-Un poco más bajo.
Entonces di la nota exacta. La profesora tocó otra. También la entoné. Tocó una escala y la repetí correcta¬mente. Sonreí llena de alegría, siempre había deseado cantar bien. A continuación volví a hacer una escala, en un tono aún más bajo. ¡Perfecto!
-Está bien, jovencita. Canta sólo cuando yo te lo diga.
Una hora más tarde la profesora de danza me dijo que diera los pasos más suaves. Mi compañera de baile era Julia, la chica alta que se había metido con Areida la noche anterior. Apreté sus brazos con fuerza, para que soportaran mi peso y así poder pisar más suave.
-Para ya -dijo apartándose de mí.
Caí al suelo y oí unas risitas sofocadas.
La profesora de danza ocupó el lugar de Julia, así que ya no podía apoyarme en ella. Intenté pensar que mis pies eran globos, y que el suelo iba a romperse si no lo pisaba con delicadeza. Nos deslizábamos, saltábamos hacia delante y hacia atrás. Yo no bailaba con mucha gra¬cia, pero por lo menos no pisoteaba el suelo. Al acabar tenía el vestido empapado en sudor.
-Eso ha estado mejor -comentó la profesora.
A la hora de la comida, la profesora de buenos moda¬les me dijo:
-No golpees con los nudillos en la mesa, el rey se avergonzaría de ti. -Aludía frecuentemente al rey Jerrold.
Desde entonces las mesas estuvieron a salvo.
-Da pequeñas puntadas, Estela, y no tires tanto del hilo. No es una rienda, ni tú eres un cochero -me alec¬cionaba la profesora de costura. Una vez me pinché con la aguja, y desde entonces mis puntadas fueron más pe¬queñas.
Todos los días pasaba lo mismo; temía las nuevas ór¬denes. El hechizo no me dejaba amoldarme fácilmente a la nueva situación. Tenía que concentrarme a cada se¬gundo. En mi mente iba repitiendo las órdenes en una retahila sin fin. Cuando me despertaba, me ordenaba a mí misma no saltar de la cama y dejar el camisón para que lo recogieran las sirvientas. A la hora del desayuno no debía soplar sobre mis cereales, no esparcirlos sobre la mesa. Durante el paseo de la tarde, ni saltar ni brincar.
Una vez, a la hora de la cena, hablé demasiado alto:
-No sorbas -me ordené.
Pensé que lo había dicho en voz baja, pero una chica que se sentaba cerca me oyó y se lo contó a las demás.
Las únicas materias que me gustaban eran las que daba la profesora de escritura: redacción y cálculo. Aquella profesora también enseñaba caligrafía, que me resultaba más difícil porque ella no solía darnos órde¬nes. Y también enseñaba ayortano, pero no otros idio¬mas. Cuando le expliqué que sabía un poco de lenguas exóticas y que quería aprender más, me dio un diccionario. Se convirtió en mi segundo libro favorito. Después del de Mandy, claro.
Cuando tenía un rato libre aprovechaba para practi¬car lenguas, especialmente el ógrico. Aunque los significados de las palabras eran horribles me atraía pronun¬ciarlas. Eran suaves, lisas, escurridizas y siseantes, como el lenguaje de las serpientes: psySSahbuSS (que signifi¬caba «delicioso»), SSyng («comer»), hijyNN («cena»), eFFuth («sabor»), o FFnOO («agrio»).
Mis progresos en todas las materias tenían asombra¬das a las profesoras. Durante mi primer mes allí hice po¬cas cosas bien, pero durante el segundo no hice ni una mal. Aprendí gradualmente, de forma natural... Pasos li¬geros, pequeñas puntadas; voz suave; espalda recta; pro¬fundas reverencias, sin crujido de rodillas; nada de bos¬tezos; ni volcarme la sopa encima, y no sorber...
Una vez en la cama, antes de dormirme, imaginaba qué pasaría si estuviera libre del hechizo de Lucinda. A la hora de cenar, posiblemente, me embadurnaría la cara con salsa y lanzaría los pasteles de carne a la profe¬sora de buenos modales, y apilaría la porcelana más delicada sobre mi cabeza, y andaría tambaleándome y co-toneándome hasta romperla toda en pedazos. Entonces los recogería y los aplastaría, junto con los pasteles de carne, sobre mi bordado inmaculado.